Si hubiese que juzgar el legado de Ariel Sharon por los resultados del partido que creó pocos meses antes de entrar en un coma irreversible cabría pensar que ese legado se ha desvanecido casi completamente. Su formación Kadima (Adelante), que llegó entonces a ser el partido más votado, cuenta ahora con tan solo dos diputados en el Parlamento israelí y apenas el dos por ciento de los votos.

Pero ni Ariel Sharon era un ideólogo ni Kadima era realmente un partido político que representase su legado, sino una plataforma circunstancial, uno de tantos grupos que surgen y desaparecen o se hacen girones en medio de escisiones en el sistema político israelí. La ideología de Kadima era simplemente Ariel Sharon. Lo mismo que la del propio Sharon, que comenzó en el partido laborista para pasar luego al derechista Likud, intentar volver después al laborismo, luego al centrista Movimiento por el Cambio y de vuelta al Likud para finalmente abandonarlo y fundar Kadima.

El recorrido es engañosamente complicado. A lo largo de todos esos años, Sharon fue rival de líderes laboristas como Ehud Barak, Yitzhak Rabin o Shimon Peres, pero compartió con ellos el vínculo de la camaradería en el ejército, que en Israel es más fuerte que el de la ideología. Todos cambiaron de partido en algún momento y sirvieron frecuentemente en los gobiernos de los otros. Si entre ellos es Sharon quien ha pasado a la historia como el «halcón» esto se debe más que nada a la imagen que él mismo cultivaba de duro. Porque lo cierto es que, aunque como ministro de la Vivienda impulsó los asentamientos en Cisjordania, estos los habían iniciado Rabin y Peres algunos años antes. No fue Sharon, como se dice estos días, sino Barak, quien ordenó los primeros «asesinatos selectivos». El Muro de Cisjordania, que se edificó siendo Sharon jefe de gobierno, era el proyecto personal de su ministro laborista Benjamin Ben-Eliezer.

Esa demonización de Ariel Sharon tiene mucho que ver, en realidad, con la necesidad de una parte de la sociedad israelí y de la prensa internacional de crear un chivo expiatorio sobre el que cargar los aspectos menos digeribles del proyecto israelí, cuando en realidad eran de políticas de consenso, con la única excepción, quizás, de la polémica retirada de la franja de Gaza del 2005.

Ese es posiblemente el legado más influyente y propio de Sharon, porque, aunque se trataba de una vieja idea de Shimon Peres, que él había criticado duramente entonces, la llevó a cabo completamente por su cuenta. De nuevo la explicación está más en el carácter que en la ideología: Sharon, famoso en su historial militar por las acciones decididas e inesperadas, pensaba zanjar el conflicto con los palestinos con una partición unilateral que les dejase únicamente la Franja y permitiese una posterior anexión de la mayor parte de Cisjordania sin crear una mayoría árabe en Israel.

Es la idea con la que coquetea el actual primer ministro Benyamin Netanyahu como alternativa a la «solución de dos Estados». Y esto a pesar de que fue precisamente por esto por lo que Netanyahu obligó a Sharon a abandonar su partido entonces. Ahora podría convertirse, también esta, en una política de consenso.

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Un líder controvertido con un legado de consenso