Lo decía ayer un tertuliano y tenía más razón que un santo: Rajoy pide a los dirigentes del PP que hablen de economía, pero su Gobierno se encarga de impedir que se hable de economía. De la prima de riesgo, que da tantas alegrías al Tesoro. De los indicadores positivos, que aportan el factor psicológico para la recuperación. Del deseado cambio de signo en el empleo... Pero nada: en el momento en que más necesitamos ese aliento, nos cuelan el debate del aborto. Y lo cuelan de forma tan desastrosa que el último comité ejecutivo del PP pareció un comité del aborto. La buena de Dolores de Cospedal parecía una extraterrestre en su rueda de prensa, empeñándose en aplicar la doctrina Rajoy de las glorias económicas, mientras el público quería hablar del proyecto Gallardón.
¿Por qué se meten precisamente ahora en ese lío? Hay dos explicaciones: la oficial y la perversa.
La oficial, presentada como indiscutible, es que figuraba en el programa electoral. Elevan el programa a categoría de religión, después de haberlo profanado con los impuestos. ¿Qué digo? Lo elevan a categoría de dogma, hasta el punto de que Gallardón anunció que su texto pasaría por el Congreso como un decreto ley: sin tocarle una coma.
La explicación perversa (Rubalcaba) dice que los estrategas del PP, inspirados por un entusiasta ministro de Justicia, decidieron recuperar los votos de la derecha más extrema.
¡Con lo fácil que resultaría evitar esta bronca que, como todas las broncas ideológicas, divide al partido y al país! Bastaría con decirle a Gallardón lo que le dijo Monago: que nadie puede obligar a una mujer a ser madre. Bastaría con ponerle la grabación de ayer de una oyente de radio: que está bien que el ministro acepte y pueda tener hijos con malformaciones, pero eso no se puede imponer a los demás. Y bastaría con llamar a Galicia, preguntar por Núñez Feijoo y pedirle que envíe a Justicia sus tres recomendaciones, tan sencillas como entendibles: no a una ley sin apoyos suficientes, incluir las malformaciones entre las causas de interrupción del embarazo, o recuperar la ley de Felipe González, que no tuvo tanto consenso como dicen, pero duró un cuarto de siglo.
¿Tan difícil es un acuerdo de los gobernantes de este país sobre esas ideas? ¿Es el presidente de la Xunta un agente secreto del PSOE? Si, teniendo sobre la mesa esas sencillas propuestas, Gallardón y compañía se empecinan en «hacer algún cambio, pero mínimo», le empezaré a dar la razón a Rubalcaba: en la cuestión del aborto, es verdad que quieren resolver un problema; pero no de la sociedad, sino de su electorado más conservador. Y ganarán su voto, pero perderán el centro. A lo mejor es que el centro se empieza a llamar Feijoo.