La banalización del aborto

OPINIÓN

02 ene 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

El aborto, en su acepción progresista, es una solución muy fácil para un problema muy difícil. Una huida hacia delante que es muy práctica, pero poco inteligente y nada moral. Y todo su bagaje argumental queda reducido al doble razonamiento que usa el PSOE como telón de fondo: quien da a luz es quien decide -que es una chuminada integral-, y que las leyes de nuestro entorno van en la línea de Zapatero, que es lo mismo que mandar a Vicente por donde va la gente.

Por eso creo que los defensores de la ley actual quedarían mejor si reconociesen que lo único que les preocupa es escapar de un problema para el que no tienen ninguna solución racional y moral, y que, ante el desasosiego que tal deriva genera, no les queda más remedio que diluir la barbarie en las masas, hasta concluir con aquella bobada de Aznar: «Teníamos un problema y ya no lo tenemos». A este desarme moral se han sumado también muchos científicos que, contradiciendo su engolado rigor, aproximan la aparición de un niño por plazos, resolviendo el asunto a ojo y sin ningún empacho en aceptar el salto cualitativo.

Reconozco, como es obvio, que no tengo una clara solución para este asunto, y que, si fuese consejero de Rajoy, en modo alguno le habría animado a disimular la desnudez moral de la actual normativa para cumplirle a Rouco una irreflexiva promesa electoral, salvo que antes hubiese encontrado un amplio consenso ético y político. Y esa es la razón por la que, más que dudar entre las leyes de Zapatero y Gallardón, me sitúo en contra de la miseria moral sobre la que ambas leyes están cimentadas. Porque si hay algo más deleznable que la transgresión de los principios es su abolición selectiva.

La democracia tiene que dar sus respuestas a partir de un consenso social y ético lo más amplio posible. Pero si tal consenso no pudiese producirse, preferiría reconocerme infractor de alguna norma que me incomoda, antes que ahogar mi conciencia en la fantasiosa afirmación de que el niño aparece por arte de magia, a los 98 días de la fecundación, tras convertirse en persona inviolable lo que hasta la víspera no era ni chicha ni limoná. Por eso me mojo por esta propuesta: mientras no tengamos soluciones mejores y más consensuadas, dejémoslo como está. Pero no demos la cuestión por resuelta, ni convirtamos en virtud o libertad lo que no es más que impotencia y pragmatismo. Porque la vía escogida -el aborto libre y natural- es como huir ciegamente de un problema que no sabemos resolver. Y no debe faltar mucho para que las generaciones venideras pongan estas leyes y prácticas como ejemplo de la barbarie y grosería moral de nuestro tiempo. Como la pena de muerte, las guerras o las hogueras de la Inquisición, que todas tuvieron entusiastas defensores y fueron aplicadas, en nombre de la verdad, en nuestro entorno europeo.