Decíamos anteayer que Guillermo Cabrera Infante hablaba siempre de la cuarta dimensión. ¿Qué era para él la cuarta dimensión? Los recuerdos. El material del pasado, el ejercicio de la memoria, la destilación de la nostalgia forman en su obra esta cuarta dimensión que recuperaba con el velo del tiempo las tres dimensiones del mundo real. Hay maestros en la creación de los recuerdos. En todas las artes. Genios como el propio Guillermo Cabrera Infante en recrear lo que fue, lo que se marchó o se marchitó por el paso y el peso de los años. Saben cómo convertir el óxido y el desamparo de haber sido en otra época jóvenes en artilugios para evocar y disfrutar con esa evocación. Tornatore lo bordó en el cine con su Cinema Paradiso y lo vuelve a hacer con la inmensa La Grande Belleza. Y ahora que está de centenario el creador por excelencia de la memoria es Marcel Proust y su En busca del tiempo perdido. Tiempo hallado. Proust volvió a su infancia, esa patria que solo puede recuperar la memoria, con el hilo de una magdalena (en sus primeros apuntes era una galleta). La cuarta dimensión del recuerdo es un cine que podemos encender con solo cerrar los ojos y así traer al abuelo bajándose de su coche tiburón tan encerado que hacía que los cuerpos de las mujeres se reflejasen en la puerta negra convertida en espejo.