Siempre me sentí cómodo y a gusto en Cataluña, la percibía como el espacio intelectual más abierto, liberal y vanguardista de España. Pero algo ha cambiado porque esta percepción ya no se sostiene, a la vista de la actual cerrazón nacionalista-independentista. Nos dejó dicho André Maurois que «al demostrar a los fanáticos que se equivocan no hay que olvidar que se equivocan aposta». Y creo que la sentencia es aplicable ahora a Cataluña. Porque solo adrede se puede haber reducido de tal modo el espacio de convivencia, apertura, pluralidad y concordia de antaño.
El intelectual polaco Adam Michnik, tan perseguido por los comunistas, sostenía que «las artimañas se disfrazan muy hábilmente de nobleza, y el fanatismo se viste con las ropas de la defensa de principios». ¿Acaso no está ocurriendo esto en Cataluña? Basta con echar una ojeada a la presión excluyente de los medios independentistas para hacerse una idea. Excluir parece ser el objetivo.
«Los fanatismos que más debemos temer son aquellos que pueden confundirse con la tolerancia», advirtió el dramaturgo español Fernando Arrabal, otro perseguido, esta vez por el pensamiento único franquista. Y aquí está otra de las claves negativas del independentismo catalán, que carga la acusación de intolerancia sobre los que no se pliegan a su dictado. Sobre la propia España de la que forman parte. Deberían repasar los libros de la historia universal -y no solo la local- para redescubrir que «del fanatismo a la barbarie» puede mediar solo un paso, como nos avisó el enciclopedista Denis Diderot.
Y aún fue más concluyente la advertencia de otro insigne representante de la Ilustración, Voltaire: «Cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es casi incurable». ¿Es esta la situación? No, felizmente. Por ello, quiero terminar este artículo, escrito en día navideño, con el deseo de que tanta advertencia no caiga en el vacío, ni seamos tan ciegos de no acertar con el diálogo reparador -indispensable- de la proximidad y el acuerdo. Amén.