Las largas exequias fúnebres de Mandela, que hoy rematan, han demostrado que habitamos ya sin complejo alguno en un inmenso show planetario, alimentado por un chisporroteo de gracietas y chascarrillos, donde la sangre fácil de la broma ha suplantado sin rubor alguno a lo que un día fue la cruda información basada en los hechos. Porque del homenaje de los terrícolas a un gigante que plantó cara al terror racista lo que ha quedado para la memoria globalizada son los morros que Michelle Obama le puso a su marido por hacer el parvo con Cameron y la primera ministra danesa, y la actuación estelar de un intérprete de signos esquizofrénico que tradujo los engolados discursos a un lenguaje inexistente. Para qué queremos realidad si tenemos entretenimiento.