Hablan en la radio sobre los niños que crecen y, cada vez más rápido, se despeñan en esa edad indefinida que es la adolescencia. Un experto dice que la clave es negociar, pero siempre con unos límites claros. Llama al programa una madre que tiene dos hijos en esa edad y dice una frase digna de ser repetida: «Mi experiencia con mis hijos es que ya tengo tanta capacidad de negociación que creo que me tenían que enviar a mí a intentar arreglar los secuestros o a solucionar el problema entre Israel y Palestina». En seguida, la madre, muy simpática, explicó que se trataba de una broma. Pero luego contó el tiempo y el empeño que ponía con los chavales, ya no tan chavales, en recortarles media hora en la vuelta a casa. A medida que crecen, aquellos críos que adorabas y que te adoraban ya no son tan obedientes. El padre pasa de dar órdenes a convertirse en un taxista de aquí para allí. Tienen que encontrar su camino, y alejarse y acercarse a los padres forma parte de la deriva. El experto le insistió a la señora en que hacía bien en dejarles claro a los chicos que no todo valía, porque, efectivamente, en la vida no todo vale.