Alrededor de doscientas personas guardaban la fila que nutría la cola que ordenada y lentamente accedía a un establecimiento tradicional de la madrileña calle del Carmen para adquirir décimos del sorteo navideño de la lotería nacional.
Falta poco más de una semana para que en la mañana del día 22 se cumplan un puñado de sueños y afloren miles de frustraciones que siempre concluyen con la afirmación de que lo importante es la salud.
La imagen contemplada en la paciente y cívica espera de Doña Manolita, que así se llama el establecimiento, me retrotraía a los viejos filmes, a las películas antiguas del neorrealismo español con un genial Cassen conduciendo un motocarro con una estrella de Belén de purpurina y cartón piedra recorriendo el sucio y destartalado Madrid de la posguerra, o el anacrónico musical de los años veinte del pasado siglo El sobre verde, con un don Nicanor aguardando el sorteo frente a la Casa de la Moneda, que era donde se celebraba entonces, y que resulta agraciado por la diosa fortuna con el premio gordo.
El primer premio es el más deseado por la gran mayoría de los españoles, que con muy pocas excepciones compran décimos o papeletas para el sorteo que va a resolver sus problemas económicos.
El gordo de Navidad es el depósito colectivo de muchos sueños de los españoles que, jugando por necesidad, como reza el refrán, pierden siempre por obligación.
Madrid, Barcelona o Valencia son las ciudades españolas que más juegan en este sorteo, pero ocurrirá en la mañana del domingo que el gordo, o al menos parte de él, caerá en un pueblo perdido, desolado, asolado por el paro, donde en los informativos del mediodía el locutor señalará que ha caído muy repartido y entre gente humilde, que a continuación declarará al entrevistador que el dinero obtenido le servirá para «tapar agujeros», como si de un guion mil veces repetido se tratara.
Los números más demandados este año son los terminados en trece, que es número tan temido como amado por los supersticiosos y que coincide con los dos últimos dígitos del año que concluye, y después las preferencias apuntan como siempre a los que tienen en cinco o en siete su última cifra.
La crisis, la dura y larga recesión que nos golpea de manera implacable concita todos nuestros anhelos en el sorteo como si fuera un navideño relato de Dickens, tan tierno como sensiblero. Después del 22 de diciembre la fortuna nos dará una nueva oportunidad el día de Reyes, el popularmente llamado sorteo del Niño. En cualquier caso, que a usted le toque, si no el gordo, alguna que otra pedrea, que hay muchas.