El Día de la Bondad Suprema

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

11 dic 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

¡Qué buenos son los gobernantes del mundo! ¡Qué generosos en el reconocimiento de la virtud ajena! ¡Qué desprendidos a la hora de prometer diálogo y comprensión del discrepante! ¡Qué abiertos a la concordia y a la negociación! ¡Y qué capacidad la suya para abrazarse a su enemigo! Todo esas inmensas e inéditas cualidades de los dirigentes de la humanidad las hemos visto y escuchado en la canonización laica de Nelson Mandela. Era como unos juegos florales de otoño en los que competían ilustres vates, llegados de lejanos palacios a cantar loas al ilustre fallecido. No faltaron los besos entre las viudas, tan extraños en estos pagos. Abundaron los cánticos, que la lluvia no consiguió oscurecer. Las gentes aplaudían, aunque queda la duda histórica de si vitoreaban más a Noemi Campbell o a los dignos mandatarios. Hubo fotos para conmover a la cristiandad, como el saludo de Obama y Raúl Castro. Solo Israel se atrevió a profanar la magia con una disculpa vulgar e impropia de judíos: el viaje les costaba más de un millón de euros. Y los locutores enviados de todos los puntos del planeta transmitían emociones y lágrimas bajo un epígrafe común y contagioso: exequias históricas.

Desde primera hora tuve la impresión de que los demás mortales teníamos el privilegio de asistir al primer milagro del nuevo santo. Se empezaron a producir prodigios que no esperábamos, porque no habíamos contemplado nunca. Por ejemplo, un ciudadano llamado Mariano Rajoy Brey hablaba por teléfono con los programas matinales de radio. Y alababa la política de Mandela, su capacidad de diálogo y de aceptación del adversario como si fuese su propia política. Pero todo se quedó pequeño ante un Raúl Castro que tenía en Mandela su modelo, olvidándose de los presos políticos de Cuba. Y el chino de los derechos humanos olvidados escogió el mismo camino del ensalzamiento. Y el gran vate contemporáneo fue, como acostumbra, el emperador Obama, francamente insuperable en su descripción del hombre que liberó a los presos y a sus carceleros.

¡Qué belleza, Dios mío! Fue, en verdad, el Día de la Bondad Suprema. De aquel estadio habrá surgido un resplandor que hará arrepentirse a todos los dictadores del mundo. Miles de presos saldrán de las cárceles alabando la piedad de sus gobernantes reconvertidos. La igualdad y la justicia dejarán de ser mercancía de discursos y se empezarán a practicar en todos los rincones del planeta. Quedan arrinconados los odios en nombre de la reconciliación. Y hasta Mariano Rajoy habrá vuelto esta noche dispuesto a ser coherente con sus palabras y empezará a llamar a Artur Mas, a Rubalcaba, a los nuevos pobres y a todos los indignados. Es lo que corresponde a sus elogios de ayer.