Más allá de los elogios, homenajes, frases bonitas y panegíricos que van a llegarnos en cascada en los próximos meses, la desaparición de Nelson Mandela nos deja, no solo el ejemplo de una vida marcada por el compromiso, sino un legado que debería de servirnos de guía en estos tiempos revueltos.
La herencia es tan clara como impagable. Luchar da antes o después sus frutos; pero los da. Resistir tiene siempre la compensación buscada. Y eso es lo que nos debe de quedar de herencia porque como decía con orgullo el propio Madiba, «siempre parece imposible hasta que se hace» y se hace a base de compromiso, rebeldía y resistencia.
Aprovechando que los tiempos son revueltos, tratan de inculcarnos, incluso de imponernos, que lo que vivimos es un mal sueño, producto de nuestros propios errores y que no existe otro camino que el que nos marcan. Y tratan de acallar nuestro disgusto y nuestras quejas con imposiciones y amenazas que poco tienen que ver con tiempos modernos. Mandela se va a la tumba sin haber retrocedido un centímetro en sus exigencias. Con una trayectoria reivindicativa modélica. Y ahora que tanto lo vamos a elogiar, bien estaría que aprovechásemos el extraordinario patrimonio que nos cede. Rehusemos y combatamos las amenazas y las imposiciones. Porque resistir siempre tiene su recompensa.