Otra vez están sorprendidos en Madrid con el tamaño de ese gigante. Me refiero al gallego Valle-Inclán. El proyecto Dos orillas ha llevado a escena una versión del Tirano Banderas y el patio de butacas del Teatro Español sigue con la boca abierta. Y es que Valle, a pesar de su apellido, es todo pico, cima, cumbre. Su talento es tan largo y tan vistoso como lo era su barba. La obra que se ha estrenado en Madrid girará el año que viene por varios países de América. Tirano Banderas o, como escribió el autor, Novela de Tierra Caliente es El otoño del patriarca del genio gallego, que no tiene nada que envidiarle a García Márquez. ¿No será más bien al revés? Y es que en Valle nunca se acaban los giros, nunca se detiene el tormento con el que juega con las palabras. Las retuerce, las cansa, las exprime. Catedrático de eufonías, el tema del poder y la rebeldía es perfecto para su lenguaje, para volver una y otra vez sobre el esperpento. Lo que se ve en escena podía repetirse por desgracia hoy mismo en tantos sitios. ¿Hay algo más perfecto, por ejemplo, que la escena octava, la del ministro, en Luces de bohemia? Valle es una tarea inagotable, pero hermosa. Fue el mejor retratista de una España enferma de sí misma que décadas después sigue casando con la definición.