Al llegar al ecuador de la legislatura el presidente Rajoy dio gracias a los españoles por sus esfuerzos en estos dos años difíciles. Quizá hubiese requerido una manifestación más directa, pero gurús tiene el presidente para aconsejarle sobre cómo comunicarse con la sociedad. Esta se ha comportado de una manera encomiable. La crisis ha llegado a todas partes, aunque no es menos cierto que no con la misma intensidad y con excepciones que aumentan la brecha entre los mejor y peor situados socialmente. No faltan motivos para la desafección como muestran las sucesivas calificaciones de los sondeos oficiales sobre el aprecio del propio presidente y de su Gobierno. Es cierto y no ha sido negado que las más importantes medidas adoptadas han sido opuestas a lo que se proponía en el programa electoral. Pese al malestar que generaron las decisiones en muy amplias capas de la sociedad y a la decepción provocada en no pocos que habían votado la mayoría absoluta, pese a las críticas continuadas de la oposición, no se ha producido el estallido social presumible con esas premisas. Quienes podrían encender la mecha comprobaron que no existía el material necesario. Las manifestaciones y encierros y huelgas no pasaron de lo ordinario y en algunas de aquellas ha primado la confrontación ideológica.
De una manera consciente, más o menos profunda, se ha llegado a la convicción de que no hay mucho margen de maniobra. Puede hablarse de resignación, de temor a perder aquello a lo que se está agarrado en un peligro de naufragio, del paulatino convencimiento de que el viento de la crisis, que no ha cesado, se habrá llevado la bonanza anterior a un futuro incierto, pero no próximo. De escepticismo ante las alternativas formuladas desde la oposición, que están tocadas por el virus que infectó el programa que el Gobierno se vio obligado a incumplir. Todavía está en el recuerdo el vuelco, de la noche a la mañana, que dio Rodríguez Zapatero, con Rubalcaba, a su política social. Podría hablarse de madurez de la sociedad, con ventaja sobre los políticos como colectivo. No han faltado muestras de sacrificios personales para evitar el cierre de empresas o el despido de trabajadores, o el coraje de estos para reflotar las abocadas a su desaparición, ni la función de la familia que no se refleja en datos macroeconómicos. En todo caso, la sociedad ha demostrado un aguante digno de reconocimiento.
Como la afición del equipo de fútbol, que supera descensos de categoría y espera que los directivos pongan sus intereses personales al servicio de los que son institucionales. Como la clientela, que sigue manteniendo sus depósitos más o menos significativos en el banco nacionalizado en que terminaron las cajas de ahorros con su acción social, mucho más digna de mérito después del lamentable suceso de preferentes y subordinadas. Ese es el principal activo que ahora se disputan los compradores. Si todo sale bien, en gran medida será gracias a la afición. Es justo reconocerlo.