Hay un enorme desconocimiento entre los ciudadanos de cómo los ampara el cuerpo legislativo, siendo el Estado de derecho el que tiene el deber de garantizar los derechos fundamentales, en lo privado y en lo público. Uno de tales derechos, sistemáticamente vulnerado, es la defensa del espacio de la vida privada. Ahí figuran los derechos a la intimidad, honor, imagen, secreto de las comunicaciones, y limitaciones de uso de la informática (año 2000). Los que hemos vivido la actividad de una Cámara legislativa sabemos al menos de dos realidades. La sociedad moderna es temerosa y en nombre de la garantía a la seguridad cada fragmento de Estado usa o permite herramientas para vigilar, controlar y analizar la vida privada de los ciudadanos.
Voy a dar un ejemplo personal. En una de las múltiples reuniones del Pacto de Ajuria Enea, el lendakari Ardanza nos echó en cara a los miembros de la Mesa las continuas filtraciones a los medios sobre asuntos reservados y delicados. Ante la negativa de los presentes sobre la autoría de tal vulneración de acuerdo entre caballeros, Ardanza, que no solía perder los estribos, se enfadó y nos anunció que disponía de medios para saber quién se comunicaba con la prensa. Descubrimos que el departamento de Interior del Gobierno vasco había adquirido hacía mucho tiempo, con fondos reservados, herramientas capaces de interceptar todas las comunicaciones, al menos en Euskadi. Cuando denunciamos tal vulneración de los derechos ciudadanos a la intimidad, Ardanza invocó la situación de grave peligro para la seguridad de los objetivos de ETA, que requería disponer de material sofisticado -gran negocio - para hacer de la información un arma de defensa frente al terrorismo. Era un claro ejemplo de colisión entre derechos, con la más absoluta ignorancia del pueblo y con la aquiescencia de sus representantes institucionales, que recurrían a fondos reservados para no dejar huellas. A estas alturas, cuando se produce la filtración del espionaje sistemático entre los aliados, solo caben dos conductas: sorpresa fruto de la ignorancia o denuncia fruto de la hipocresía.