Discutíamos el otro día en Tours, patria de Rabelais, sobre la pervivencia de la novela. Mientras otros debaten sobre la prima de riesgo y las pensiones, quedamos todavía algunos obsesionados por estas cosas aparentemente inútiles. Antonio, un amigo especialista en casi todo y, además -entre nosotros-, un poco tocado de Nocilla, arguyó que era evidente que la novela tal y cómo la conocemos dejará paso a otros artefactos donde el elemento visual cobrará franca prioridad, se transformará en otra cosa, creo que dijo. Nuestros hijos no leerán novelas, añadió: verán y escucharán narraciones. En el ordenador, claro, dijo.
La afirmación nos dejó a mí y a la compañera de mi derecha ojipláticas, convulsas, compungidas. Buscando las palabras, que a menudo me faltan, expliqué: «Si la novela no es exclusivamente lingüística no es novela, por la simple razón de que novela es flujo ininterrumpido del lenguaje, nada más». Aquí se hizo silencio y la compañera de la derecha nos rellenó las copas de tintorro. No sé yo por qué no va a poder pervivir si la pintura y la escultura han sobrevivido a la fotografía, al cine, a todo el resto.
Mi compañera asintió, pues no en vano estudia a Vila-Matas y su pragmatismo cultural es igual a cero. Pero Antonio agitó la cabeza con pesadumbre, bebió de penalti y nos resirvió muy colorado. No sé si dije mucho más, espero que no. Sé que mis ideas están trufadas de nociones milenaristas propias más de un Crowley del tres al cuarto con ínfulas evangelizadoras que de un Bloom (Dios lo perdone). Novela es lenguaje puro y duro que no cesa, novela es el único género que finge el paso del tiempo y lo simula, novela es el único género que ve envejecer a aquel que lo escribe.
Suspiramos. Alguien pidió el postre. No les aconsejo, hermanos lectores, que departan en almuerzos pantagruélicos con letraheridos ni cibervisionarios.
Si la novela desapareciera, ¿quién se aseguraría de que el mundo siguiese existiendo? ¿No sabes que el mundo fue creado por una voz coral que lo narra y lo mantiene en movimiento? Desde la esquina de la mesa, hablaba un profesor bajito y desapercibido con una voz muy aguda y muy risible. Supuse que sería Dios. Antonio negó. La estudiosa de Vila-Matas y yo misma suspiramos y asentimos.