Día de Difuntos


Dice la viuda de Lou Reed que murió haciendo la postura 21 del taichí. Podía haber muerto gritando ¡Viva Iria Flavia! ¡Laurie te quiero!, como un famoso premio nobel. La muerte, ya se sabe, nos hace buenos a todos; y si no miren ustedes a Manuel Fraga, que ha dejado al personal tan atemorizado que aún tardarán unos años en sincerarse. El día de Difuntos gallego es un poco como el mexicano, pero con mucha más discreción. Aquí los muertos siguen vivos como allí, pero no se emborrachan con tequila. Si acaso, se transforman en cuervos, como en los cuentos de Cunqueiro. Yo tuve una tía abuela que cuando veía una mesa de pésame en un portal cualquiera subía a conocer al muerto, y a la viuda le alababa la limpieza de la casa y el orden de los armarios. Famosos son los croponios de Cortázar que se hacen con el control de los velorios o los muertos que charlan entre ellos en las tumbas del cementerio de Comala, adonde un hombre llega en busca de su padre, un tal Pedro Páramo. La novela de Juan Rulfo, la mayoría de cuyos personajes se llaman igual y además están muertos, es probablemente la obra más importante de la literatura castellana del pasado siglo y lo que llevamos de este, aunque para semejante afirmación deberíamos leer primero la novela de Angelines González-Sinde, por si acaso. Es, sin embargo, en un cuento de García Márquez donde se encuentra el ahogado más hermoso del mundo, y encima tiene cara de llamarse Esteban. Cosas que tienen los muertos.

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