Cataluña, el PSOE y el PSC: sopa de ganso


Ibarretxe, presidente vasco entre 1999 y 2009, fue un político sectario e iluminado que creyó, como ahora Mas, que podría llevar a su comunidad a la independencia. Para conseguirlo logró aprobar en el Parlamento de Vitoria, primero una supuesta reforma estatutaria y, luego, una ley para convocar un referendo de autodeterminación.

Como era de esperar, todo aquel delirio acabó en agua de borrajas: la reforma rechazada por la inmensa mayoría del Congreso (313 votos en contra, 29 a favor) y la ley anulada por el Tribunal Constitucional.

¿Cuál fue el secreto? Muy sencillo: la gran unidad política del PSOE y el PP. He releído estos días el debate sobre la reforma estatutaria vasca (que era en realidad una voladura de la Constitución y el Estatuto) que tuvo lugar en el Congreso en el 2005, debate en el que tanto Rajoy (entonces líder de la oposición) como Rubalcaba (portavoz socialista a la sazón) trabaron dos espléndidos discursos poniendo de vuelta y media la pretensión del nacionalismo vasco, por ilegal y enloquecida. Merece la pena recordar cómo justificó Rubalcaba su rechazo a la iniciativa nacionalista: «Porque se trata de una imposición, de una imposición hacia los vascos que no se sienten nacionalistas; se trata, en última instancia, de una imposición de una parte de la sociedad vasca sobre otra y, por eso, va a dificultar la convivencia entre los vascos. Se lo diré de otra manera, vamos a decir que no porque para los socialistas antes que la nación está la democracia».

Eso proclamó entonces Rubalcaba, haciendo lo que todo el mundo (lo votase o no) esperaba del Partido Socialista. ¿Por qué ese partido ha cambiado de forma radical frente a las pretensiones de Artur Mas, tan ilegales y enloquecidas como las de Ibarretxe, aunque mucho menos respetuosas que las del vasco con las formas democráticas?

Pues porque mientras los socialistas vascos estaban con la Constitución y la unidad de España, los socialistas catalanes se mueven en un formidable laberinto de oportunismo, confusión interna y cobardía que no solo los ha convertido en un partido casi marginal en Cataluña sino que amenaza con hacer la crisis interna del PSOE irresoluble.

Digámoslo, por tanto, sin tapujos: pudimos superar el ultimátum de Ibarretxe (de quien ya solo se acuerdan en su casa) por la unidad de acción del PSOE y el PP, mientras tenemos graves problemas para hacer frente al de Artur Mas porque el PSC ha hecho imposible esa unidad, dando lugar a un increíble desatino: que sobre el tema más importante de la política española en los 35 últimos años los socialistas españoles tengan dos posturas contrapuestas. Por eso la gente le ha perdido el respeto a Rubalcaba. Porque dice lo mismo que decía Groucho Marx: «Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros».

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