Trabajar «más largo y más duro»

Fernando Salgado
Fernando Salgado LA QUILLA

OPINIÓN

Un holandés errante, que responde al nombre de Jeroen Djisselbloem y preside el Eurogrupo, conmina a los españoles a «trabajar más largo y más duro». Como lo oyen. Dejemos a un lado el primer precepto, obviamente referido a la edad de jubilación, y fijémenos en el segundo. En solo dos palabras -«más duro»-, Djisselbloem sienta un principio -la redención de penas por el trabajo-, lanza una acusación -ustedes curran poco- y desprecia, relegándolos al desván del olvido, a todos aquellos que no pueden trabajar ni duro ni blando. A eso se llama productividad verbal.

Discrepo de pe a pa. Mi réplica consta de tres proposiciones, que muchos estimarán heréticas. Primera: el trabajo no es una virtud ni un fin en sí mismo. Hay que trabajar para vivir y no vivir para trabajar. Segunda: el trabajo «más duro» no es el más eficiente ni el ascensor que transporta a los países a la cima del progreso. Tercera: el trabajo, al igual que la riqueza que genera, debe ser redistribuido equitativamente. ¿O acaso hemos inventado todas estas fabulosas tecnologías para que muchos pierdan su empleo, los demás soporten jornadas más largas y la mayoría se empobrezcan?

En un ensayo titulado Elogio de la ociosidad, publicado en plena Gran Depresión, Bertrand Russell ironizó sobre la arraigada «creencia de que el trabajo es una virtud». «La moral del trabajo es la moral de los esclavos», escribió el pensador británico. Una creencia inculcada durante siglos cuya finalidad última consiste en ocultar dos flagrantes injusticias económicas. En primer lugar, «una gran proporción del producto total va a parar a manos de una pequeña minoría de la población, muchos de cuyos componentes no trabajan en absoluto». Y en segundo término, «mantenemos ocioso un alto porcentaje de la población trabajadora, ya que podemos pasarnos sin su trabajo haciendo trabajar en exceso a los demás».

Djisselbloem no comparte las tesis de Bertrand Russell. Y tampoco su velada acusación tiene fundamento. En España se trabajan 37,9 horas efectivas por semana. En Alemania, el paradigma de la eficiencia, 35,3 horas. Y en Holanda, la patria de Djisselbloem, solo 29,9 horas efectivas: es el país europeo donde menos se trabaja. Lo dice Eurostat y yo no quito ni pongo.

Si el secreto estribase en trabajar «más duro», la productividad gallega rebasaría con creces la media española. Ya lo indicaba Paul Lafargue, el yerno de Marx, al colocar a los gallegos -«esos auverneses de España»- entre «las razas para las que el trabajo es una necesidad orgánica». Lo cual, en boca del autor de El derecho a la pereza, no es un piropo, sino un estigma.