Asegura Felipe que «esa España desmoralizada de la que se nos habla no es la verdadera España». Que no podemos dejarnos llevar por el desánimo porque el «pesimismo es siempre infértil y paralizante». Después de darle varias vueltas no queda otra que aceptar que el hombre tiene muchísima razón. Aunque el heredero no tuvo el detalle de aclararnos cuáles son las hechuras de su auténtica España, seguro que por ejemplo se refería a esa que esta semana vibró de regocijo al saber que su hermana la infanta imputada desimputada y quizás vuelta a imputar también le dio a la nécora y al percebe a costa de usted que lee esto, lo cual, seamos francos, debe embargarnos de dicha. No tiene sentido alguno perseverar en la tristeza. Por ejemplo, los estafados por las preferentes que ayer se manifestaron en Compostela. Nada consiguen estos señores entristeciéndose. Es infértil de todo porque este tocomocho institucional se va a consumar sí o sí. Sabemos ya que la CNMV conocía desde el 2011 que bancos y cajas estaban cometiendo gravísimas irregularidades y que nada hizo, lo cual es para estar feliz como una perdiz. Demuestra que los controles funcionan como es debido. Miremos por donde miremos, querido príncipe, los motivos para el alborozo y el deleite son de una contundencia apabullante. Aunque nuestro gozo sería ya prácticamente orgásmico si hubiese aprovechado el coscorrón para atizarle en los deditos a ese familiar suyo que vive en Suiza como un pachá por haberlos metido donde no debía. Eso ya hubiese sido la repanocha. Pero nada de pesimismo. Es mucho más movilizadora la indignación.