Tuba City podría ser un nombre inventado. Un lugar limitado a la geografía imaginaria de John Ford. Un lugar de paso para La Diligencia o un punto en el horizonte de Centauros del desierto. Pero Tuba City existe. Está en Arizona. La ciudad fue fundada por un mormón. Sin embargo, forma parte de la reserva de los navajos, que dobla la extensión de Bélgica y que pinta el horizonte con el rojo de esa piedra de arenisca que se pone especialmente caprichosa en Monument Valley, el lugar en el que vagarán para siempre los personajes del imaginario de Ford. Lo cierto es que los navajos no se llaman a sí mismos navajos, ya que recibieron ese nombre de los españoles. Se autodenominan diné (?el pueblo?). Y en esta zona conviven con los indios hopi, que tienen su propia reserva dentro de la reserva. Comparten territorio pero no la hora. Unos aplican el horario de verano y otros no. Por eso en Tuba City es posible cenar a las nueve de la noche, cruzar la calle y acostarse a las ocho. Allí chicas hopi sirven hamburguesas con queso en el Denny?s, una cadena de comida que huele a barras y estrellas. Una anciana pide un desayuno-cena ayudada por sus hijos, que tienen que traducirle a su idioma navajo el menú. Todo es extraño y, a la vez, natural. Para los centralistas recalcitrantes seguramente será un escándalo esta libertad de huso horario, digno de una nación que se rompe en pedazos. Y probablemente los independentistas considerarán un sacrilegio que esa gente no pida la secesión. Porque asombra escuchar a nacionalistas centrífugos y centrípetos lanzar proclamas como si fueran dogmas. España esto. Y Cataluña lo otro. Cuando todo es mucho más complejo. Como Tuba City.