El caso Montoro

Enrique Clemente Navarro
Enrique Clemente LA MIRADA

OPINIÓN

Hay un ministro, de Hacienda por más señas, que presume de que España puede dar lecciones al mundo por su éxito económico a pesar de tener un 26 % de paro. Denigra al cine español diciendo que su problema es de calidad, en un ataque sin precedentes a una industria nacional que además difunde la llamada marca España. Niega que los salarios hayan bajado, contra la evidencia estadística. Quita importancia a la pérdida de poder adquisitivo de las pensiones porque son «unas décimas nominales». Mantiene que el IVA cultural no ha subido, que es un «mantra». O amenaza a tertulianos y actores con inspecciones fiscales al tiempo que decreta una amnistía para grandes defraudadores. Se llama Cristóbal Montoro. El propio Rajoy ha tenido que salir a defenderlo en público, tales son los últimos dislates del responsable de elaborar las cuentas públicas. Ha logrado que, en comparación, Luis de Guindos parezca la personificación de la prudencia, el saber estar y la moderación cuando habla, por ejemplo, de recuperación «frágil y tenue». Algo le está pasando a Montoro. Se mete en todos los charcos. No se calla ni debajo del agua. Convierte lo negro en blanco sin inmutarse. Exagera. Sobreactúa. Provoca. Y luce una inexplicable sonrisita. No es, ni mucho menos, uno de los peores ministros. Está preparado y conoce la materia. Eso ya es mucho en un país en el que han llegado al cargo históricamente auténticos indocumentados. Su puesto es un potro de torturas cuando solo se pueden ofrecer recortes y subidas de impuestos, aunque él lo lleva mejor que bien. Puede que su problema sea que se gusta demasiado, está encantado de conocerse y le encanta epatar.