«E n las grandes crisis, en las que todo se tambalea y parece que esté a punto de caer, un pueblo siente la necesidad de aferrarse a algo». Lo escribió Víctor Hugo en Historia de un crimen, la minuciosa crónica del golpe de Luis Napoleón en diciembre de 1851, que, por cierto, lo llevó al exilio.
Siglo y medio más tarde, en el escenario actual de gran crisis, donde tres millones de vecinos sufren pobreza severa, también los españoles tenemos necesidad de aferrarnos a algo. Pero estamos completamente huérfanos. ¿A qué nos agarramos? ¿A las promesas de un mundo mejor de Mariano? ¿A las de yo tengo la solución que nunca tuve, de Alfredo, o a los chistes del divertido Cristóbal? ¿Nos aferramos a ese mundo mejor que nos ofrecen estos petulantes, perdonavidas, pedantes e impertinentes?
Ese es el gran drama de este país. Que no vislumbramos en el horizonte una tabla que nos salve del hundimiento definitivo. Porque estos son incapaces, no solo de hacer algo que nos alivie el dolor, sino de entender lo que está ocurriendo.
Los franceses, que deben de estar tan desesperados como nosotros, se van a aferrar a Marine Le Pen. Nosotros, que aún conservamos un poco más de cordura, vamos a pedir que vuelva Chanquete. Aquel sí que era un líder.