¿Existe la Hispanidad?

OPINIÓN

12 oct 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

El abuso que hizo el franquismo de algunos conceptos como la Hispanidad, los Reyes Católicos, Castilla, los Austrias y la cultura cristiana se ha convertido en una herencia envenenada para la democracia, que, en el loable intento de dejar atrás todo lo que huele a «montañas nevadas» y a «rutas imperiales», también menosprecia algunas de las construcciones históricas más asombrosas de todos los tiempos, sobre las que podría asentarse la imagen internacional de España y de cuanto a ella va asociado.

En las últimas décadas, y a pesar de haber pasado la fiesta nacional al 12 de octubre, la Hispanidad está en decadencia. Y si eso sucede en España, donde el batiburrillo localista necesita negar la evidencia de lo que somos y la ruta cierta por la que hemos llegado hasta aquí, peor le va al concepto en América y Filipinas, en los territorios italianos de la Corona de Aragón y en los antiguos reinos de Alemania y los Países Bajos, que intentan convertir en un agujero negro el paso de España por la historia de Occidente.

Pero la realidad es tozuda, y basta un ligero asomo a los países de América, desde Illinois a Tierra de Fuego, para darse cuenta del prodigioso traslado que hizo España de sí misma al otro lado del Atlántico, que en los antiguos virreinatos de México y Perú alcanza la condición de portento cultural y político. A pesar de los errores y dificultades que siguieron a la independencia, la Hispanidad subyace esplendorosa en las jóvenes naciones. España está allí en casi todo. Su obra permanece intacta en su lengua, en su cultura política, social y religiosa, en sus mejores modelos urbanos y en su impresionante patrimonio. Y, aunque la torpeza con la que hemos gestionado la Hispanidad hace inútil su reivindicación directa, a nadie se le oculta que ese hecho se sostiene por sí mismo, que crece en proporciones geométricas, y que tras el caos y la pobreza que asolaron aquellas tierras vuelve a emerger como un signo de identidad irrenunciable.

Por eso ha llegado la hora propicia para que los intelectuales abandonen la iconoclasia y la ignorancia con la que han tratado este asunto y pongan los cimientos de algo parecido a lo que quiso ser la Hispanidad, para que la confusión de los tiempos modernos no se convierta en el óxido que oculta y desprecia lo que mejor hemos hecho, lo que más futuro tiene, y lo que, a pesar de tanta incuria y tanta ligereza intelectual y política, nunca dejó de ser un rico presente.

Tal como están las cosas es evidente que la fiesta de hoy no emociona a nadie, salvo a los que siguen celebrando la Virgen del Pilar.

Pero no deja de ser una solemne estupidez que, ocultando la gesta de América debajo de nuestros complejos, seamos incapaces de sentirnos protagonistas del único hecho que emula a Roma en la construcción de la historia del mundo.