DFW

César Casal González
César Casal CORAZONADAS

OPINIÓN

Tenía tanto talento que debía haber salido en un capítulo de los Simpsons, con su banda en la cabeza. Y su pelo largo. Y su mirada triste y seria. Y hermosa. Triunfar es salir en un capítulo de los Simpsons, no tengo duda. Era David Foster Wallace (DFW, no confundir con JFK, ese es otro vuelo), del que se cumplieron cinco años desde que nos dejó el 12 de septiembre del 2008. El hombre que mejor definió la vida que nos ha tocado vivir con el título de su novela más importante: La broma infinita. Y es que eso, a veces, parecen los días y las noches, los sucesos y los avatares, una broma infinita. Ahora aparecen libros sobre él y de él. La cultura es una industria. Y este artista que tenía miedo de su propia mente fue como un Kurt Cobain de las letras. Él, que acertó en contar como un Salinger o un Pynchon posmoderno lo largo y laberíntico que podía ser todo, eligió para marcharse el terrible camino más corto. Pero no es por su biografía y por su final por lo que merece libros (además de la biografía de D.?T. Max, aparece un libro de conversaciones con Wallace). No. DFW merece que lo lean y que lo elogien, y que lo amen, como él amaba el tenis o la literatura en estado puro. La literatura que exige un esfuerzo tremendo. Que obliga a que las mentes hagan gimnasia. La literatura como literadura. Ya está bien de que todo nos lo den masticado, sin sabor a nada ni a nadie.