Así es: tecleamos y tecleamos. A todas horas. En todas partes. En el baño, por supuesto. Ya no hay un rincón para olvidarse de los teléfonos, de las tabletas, de las pantallas. Somos una pantalla. Creemos que nos acercan, pero nos alejan. Estas pantallas van camino de hacer benditos a los televisores. Me explico. ¿Dónde están aquellos que decían que ver mucho la televisión alejaba a las familias, evitaba la convivencia, hundía las amistades? En aquella pantalla de televisión por lo menos veíamos las películas todos juntos. Y hasta las comentábamos. Ahora no sabemos cuánto comentamos ni con quiénes. Ni muy bien qué comentamos de tanto que comentamos. Es una locura. Las redes sociales nos enredan cada vez más. Tenemos nuestra vida llena de seguidores o de amigos virtuales, pero es mejor que no pensemos en cuántos amigos de verdad nos quedan. El cariño por las redes es tan evanescente como lo son las pantallas en las que aparece. Y los chavales no lo mejoran. Disfrutan hablando a través de esos aparatos, aunque estén todos juntos. Quedan para hablar a través de las pantallas. El ser humano siempre complicado o retorcido.