«Estoy preocupado por la desafección de la sociedad española hacia sus directivos». La frase es de don Ignacio Garralda, presidente de uno de los gigantes del seguro del automóvil, la Mutua Madrileña. La palabra desafección, que no es la más bonita del diccionario, fue puesta en circulación para describir la distancia que empezó a separar Cataluña de España. El presidente Montilla utilizó el sinónimo más aproximado, que era desapego. Después ese concepto tuvo ampliación geográfica y se aplicó a toda la clase política. Cuando las encuestas situaban a políticos y partidos como uno de los grandes problemas nacionales, interpretamos que se estaba produciendo una desafección. Y ahora los ejecutivos de empresas, sus directivos, entienden que son víctimas de la misma impopularidad.
Estamos construyendo, pues, un país de desafecciones. Nadie quiere a nadie, sobre todo si se mira de abajo arriba, y los directivos han empezado a pulsar un ambiente de repulsa. ¿En qué lo notarán? ¿Habrán sentido que sus empleados ya no los elogian ni les hacen la pelota? ¿Percibirán algún rechazo en la calle? ¿Habrán dejado de sentir el suave halago de la reverencia cuando reservan mesa en un restaurante? ¿Se verán quizá tratados en la prensa con menos respeto del que merece su habitual brillante ejecutoria? ¿Los insultan cuando viajan en sus coches de representación?
Creo que hay un poco de todo eso, pero no es más que la superficie. Lo inquietante del diagnóstico del señor Garralda es el clima social que revela. Y ese clima es que se empieza a odiar a todo lo que está por encima, trátese de un político o de un directivo de empresa. En la misma medida en que el ciudadano medio se empobrece y teme por su puesto de trabajo, culpa a todos los responsables, que unas veces son los que gobiernan o impiden gobernar, y otras son los responsables empresariales.
El directivo, para el común de los ciudadanos, es la persona que no supo encontrar soluciones a las dificultades económicas, de la misma forma que el político no supo prever ni resolver la crisis. El directivo suele ser el privilegiado que, aunque le reduzcan el sueldo, mantiene íntegro su nivel de vida porque tiene margen para ello. Es el que firma despidos, mientras tiene asegurado su puesto de trabajo. Es el culpable de muchos males en un país y en un momento en que la sociedad necesita culpables para amortiguar o simplemente explicar sus desgracias. Pido alguna atención al fenómeno, porque es peligroso. Sobre desafecciones así se ha construido históricamente la lucha de clases. De esos desafectos han surgido las confrontaciones. Y no hay que ser alarmista, pero esos recelos son los que siembran la semilla del conflicto social.