De entre todas las grandes aportaciones que hizo José Luis Rodríguez Zapatero al rico acervo político español, destaca para mí una que resume bien las bases de su pensamiento y que, dos años después de su muerte política, mantiene todavía petrificado y prisionero a su partido, incapaz de superar las consecuencias de semejante máxima. Se trata de aquella en la que dejó sentado que la nación española es algo «discutido y discutible». Y no solo por las catastróficas consecuencias que semejante relativismo político ha tenido para la búsqueda del encaje definitivo de Cataluña en España y que hoy podemos comprobar a diario. La verdadera tragedia política para el PSOE es que, después de aquello, parece haber asumido, ya sin Zapatero, que una vez establecido que la propia existencia de la nación española es discutible, todo lo que ocurra dentro de ella pasa a ser algo igualmente discutible y sobre lo que no cabe tomar partido.
Y así llegamos hoy al hecho alarmante de que el PSOE considera, al parecer, que la mejor manera de regresar al poder es recuperar aquel discurso de Zapatero de no tomar posición ante nada y de situarse siempre, frente a cualquier debate, en un lugar que pretende ser el centro y acaba siendo la nada. Si la cuestión es, por ejemplo, si debe celebrarse un referendo en Cataluña para que sus ciudadanos decidan libremente si quieren o no independizarse de España, los socialistas acaban encontrando siempre un camino alternativo al sí o no, generalmente inextricable y abstruso, que les permite no tomar postura definida. Y así sabemos que el PSC apoya el derecho a decidir la independencia, aunque asegura que nunca apoyará la independencia, mientras Rubalcaba rechaza de plano el derecho a decidir y la independencia, pero a su vez apoya y no discute lo que plantea el PSC. ¿Lo cogen?
Habrá quien piense que el horror a tomar posición política afecta solo a las grandes cuestiones nacionales, pero no. El pánico es global. Basta que alguien plantee en el Congreso si se está a favor o en contra de abolir el toro de la Vega, por ejemplo, para que el PSOE entre en pánico y acabe absteniéndose. Ni sí, ni no. Y si uno dice que el rey debe rendir cuentas al Parlamento y otro que no, el PSOE acaba diciendo que sí pero no. O que no pero sí. Que a ellos no los cogerán en trampa tan fácil. Usted sitúa hoy a la dirección socialista en un ascensor y el problema no es que no se sepa si suben o si bajan, sino que siempre acaban encontrando una tercera vía.
En un momento especialmente dramático para España, el PSOE parece haber confundido el consenso con la falta de compromiso, la moderación con el cinismo y la centralidad con el chalaneo. La consecuencia es que un partido que ha sido un eje vertebrador de la democracia en España es ahora un mero espectador de la construcción del futuro del país. Y que, de continuar así, seguirá siéndolo mucho tiempo.