El rey entra hoy de nuevo en el quirófano. Y, con él, la jefatura del Estado se sumerge en un período de incertidumbre que se suma al año y medio que el monarca lleva ejerciendo sus funciones sin estar en condiciones físicas para hacerlo. Hasta seis meses podría estar ahora de baja. Y eso, en caso de que no surjan nuevas complicaciones. No es esa la mejor de las situaciones cuando el país atraviesa su momento más grave desde hace décadas. La imagen de un rey aferrado al trono en contra de la voluntad de la mayoría de los ciudadanos, que preferirían que cediera el testigo a su hijo Felipe, perjudica a la Corona, que no hace lo que conviene, y deteriora la democracia parlamentaria, que aparece así sometida a la voluntad del monarca cuando el espíritu de la Constitución dice lo contrario.
Una de las mejores pruebas de la necesidad de un cambio profundo no solo en la persona que ostenta la jefatura del Estado sino en los usos y costumbres de la institución monárquica la hemos tenido en la rueda de prensa en la que se informó del estado de salud de don Juan Carlos. Que hayamos tenido que esperar 38 años para que la Zarzuela dé su primera rueda de prensa es ya un hecho que debería mover a una reflexión profunda. Pero la prepotencia con la que el portavoz de la Casa del Rey, Rafael Spottorno, condujo ese acto, tratando como a un lacayo al eminente cirujano Miguel Cabanela y haciendo chistes malos sobre su condición de gallego, o negando de antemano y sin venir a cuento cualquier posibilidad de que se pueda aplicar la inhabilitación del rey que recoge la Constitución, deja bien a las claras que el monarca y sus actuales asesores son incapaces de adaptarse a los nuevos tiempos. Deberían por ello dejar paso a una nueva generación encabezada por el príncipe Felipe, que tendrá que rodearse de un personal mucho más acorde con las actuales exigencias de transparencia si quiere evitar los problemas de su padre.
Esta última advertencia no es baladí porque, incluso en lo que afecta al heredero, se advierten ya síntomas preocupantes de adulación superlativa entre la clase política y los medios de información. Nos referimos a artículos y comentarios sonrojantes que dibujan a don Felipe como una especie de superdotado intelectual que encarna todos los grandes valores y carece de cualquier defecto, y que hacen un flaco favor a un heredero que necesita estar en contacto con la realidad para comprender los problemas de los ciudadanos. El halago continuo, la falta de crítica pública y el que nadie en su entorno se atreviera a decirle nunca al rey lo que estaba haciendo mal están en la raíz de los problemas que ahora afronta don Juan Carlos. Incluidos los de salud y que, de haberse conducido de forma más prudente, no tendrían seguramente la gravedad que hoy le lleva a someterse a su quinta operación en año y medio. Es de esperar que el rey se recupere pronto. Y también que abdique.