¿Qué sucedería en el Parlamento de Galicia si sus 75 diputados se comportasen en él como lo hacen muchos, cuando no todos los de AGE? ¿Sería soportable una Cámara en la que todos sus miembros se gritasen, increpasen e insultasen entre sí? ¿Lo sería si estuviera generalizada la costumbre de pasearse por el hemiciclo como Pedro por su casa, desobedecer las indicaciones de orden de la presidencia de la Cámara y dirigirse chulescamente a los escaños de los colegas para retar, gritar o insultar a quienes los ocupan?
Esas preguntas tienen una única respuesta: si todos los diputados regionales se comportasen como lo hacen la mayoría de los de AGE durante la actual legislatura, la vida parlamentaria sería sencillamente invivible para sus protagonistas y vergonzosa para el público elector que la contempla con un interés que decrece día a día. Es más: si la actitud de los 75 diputados fuera la de esos de AGE que actúan como si estuviesen en una asamblea de facultad, en el mejor de los casos, y en una taberna, en el peor, no sería infrecuente, ni mucho menos, que, imitando otros Parlamentos tercermundistas, los diputados dirimiesen a puñetazos o a empujones sus diferentes pareceres.
En realidad eso no ha acabado sucediendo en el Parlamento gallego por la misma razón por la que es difícil que una persona bien educada se dé de bofetadas con otra que carece de la más elemental educación: porque el bien educado suele arrugarse y echarse atrás, dejando que el maleducado monopolice las malas artes propias de su formación y su carácter.
Tal es la razón por la que los restantes diputados autonómicos gallegos llevan, frente a los de AGE, todas las de perder cuando se enfrentan a ellos en la Cámara: porque una buena parte de los diputados de AGE creen tener derecho a hacer lo que les pete, convencidos de estar en posesión de la verdad, de representar a la auténtica Galicia frente a la Galicia de mentira que representan los demás y de ser los únicos diputados gallegos legitimados para hablar en nombre de los verdaderos intereses del país.
El que todo ello sea, visto con una mínima objetividad, un auténtico delirio resulta para los extremistas por completo irrelevante, pues ellos gozan de una patente de corso de la que carecen los demás: la de estar dispuestos a hacer y decir cosas que aquellos se autolimitan por sentido de su responsabilidad institucional.
Por eso es tan importante que los dos grupos que, junto con AGE, conforman la oposición en el Parlamento de Galicia rompan de una vez por todas y de forma radical con los hábitos parlamentarios de un grupo que ha puesto, por primera vez en su historia, a la Cámara gallega al pie de los caballos. De que lo hagan depende el que esa Cámara no acabe, pateada, siendo el hazmerreír de los gallegos.