Habrán visto el chiste del gato Tom apostado ante el Congreso diciendo: «Hace un rato escuché ahí dentro: ¡ladrón, mentiroso, estafador, comisionista, sinvergüenza, difamador, chorizo, flojo de mierda, imbécil, timador, corrupto, vendido, golfo, aprovechado, caradura, falso, chupón, inútil, pesetero, estafador, vago, saqueador, gilipollas, oportunista, embaucador, tramposo!... Y resulta que no se estaban peleando, sino que estaban pasando lista». El repertorio de insultos admite matices, pero juguetea con el mismo campo semántico para poder calificar a toda la estirpe de sinvergüenzas modo Bárcenas que se lo han pasado en grande con la guita de todos mientras el tinglado se iba al garete. Pueden completar el inventario fácilmente con un par de fascistas y cuatro o cinco troleros y ya tienen no la nómina de diputados con su nombre como dice el gato Tom, pero sí buena parte del erudito arsenal dialéctico que tantas veces constituye el hilo musical de nuestra pobre democracia. Pero esta semana, un parlamentario del PP gallego abrió una vía nueva en el fértil territorio del improperio. En un inesperado arrebato de originalidad dialéctica, inspirado tal vez por el mismo Demóstenes, espoleado por el meritorio afán de darle brillo y esplendor a la cansina verborrea que tantas veces se escucha en el número 63 de la calle de O Hórreo, nuestro señor representante le espetó un afilado ¡fea! a una compañera de la oposición. Y, oigan, que fue muy reconfortante, porque la última vez que asistí a una discusión saldada por semejante vía los contendientes tenían seis años y se sacaban los mocos de la nariz con la uña meñique. Así acabaremos.