El grito de la paz


La utilización de armas químicas en Siria, con 1.400 personas gaseadas, de las que más de 400 eran niños, no es excusa para una guerra, según Obama. Sería justificación para que EE.?UU. y aliados, Francia en primer lugar, intervengan con un ataque, limitado en el tiempo y en los objetivos, y dar una respuesta contundente al presidente sirio Bachar al Asad. Ciertamente aquel hecho merece una general y severa condena. Ha sido, y se ha reconocido por quienes no son partidarios de esa intervención, una «grave violación de las normas y de la conciencia del mundo». ¿Qué intereses conducen a la intervención? No faltan, incluso dentro de EE.?UU., quienes la cuestionan por entender que no existen; lo que es menos obvio en el caso del francés Hollande. Sería una razón ética por la que Obama se sentiría obligado a actuar como el eficaz defensor de los derechos humanos. Admitiendo que se está ante un caso susceptible de ser calificado de genocidio, una intervención militar con un reducido respaldo ¿es la única respuesta?

La situación de Siria no es un fenómeno aislado. Es inevitable el recuerdo de Irak. Entonces como ahora hubo amplio rechazo y Juan Pablo II levantó su voz en contra, como ahora el papa Francisco se hace intérprete del grito de la paz: «La guerra llama a la guerra, la violencia llama a la violencia». La historia reciente de lo que empezó con la primavera árabe lo confirma. Ha existido una buena dosis de hipocresía para denominar acción humanitaria la intervención en Libia, con un forzado respaldo de Naciones Unidas. Fue una calculada participación, impulsada por Francia, en una guerra civil para derrocar al dictador Gadafi. Ahora no se sabe en favor de quién se interviene, ni siquiera si se está exclusivamente ante la endémica lucha entre suníes y chiíes como en Irak, y sin el pretexto del 11-S. El flamante premio nobel de la paz dice haber venido para acabar guerras, no para empezarlas. No le falta glamur comunicativo, pero la emprendida en Afganistán terminará con una situación equiparable a la de antes de iniciarla. Es obligado exigir a quienes lideran esas intervenciones militares humanitarias la previsión de sus consecuencias.

Siria es un elemento del complicado puzle del Oriente Medio. Lo que ha ocurrido en Egipto invita a la reflexión. El derrocamiento de Mubarak por la amplia reacción popular en la que participaron musulmanes y cristianos coptos derivó en un Gobierno que impuso un contestado islamismo, del que los cristianos, como sucedió en Irak, fueron víctimas. Depuesto Morsi por los militares, están siendo atacados por musulmanes extremistas. En Siria grupos yihadistas rebeldes atacan a minorías cristianas. La transición a la democracia, con libertad religiosa, no está asegurada.

Obama se ha metido en un lío. Debería conseguirse un acuerdo ampliamente mayoritario sobre la condena de la masacre y un alto el fuego, a lo que no es fácil oponerse, y negociar la constitución de un Gobierno provisional bajo la tutela de la ONU.

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