Aunque no sea de mi gusto, me parece natural que los partidos independentistas catalanes se unan en la lucha por su objetivo separatista. Lo que no encuentro natural -ni lógico, ni sensato- es la desunión de los partidos de ámbito estatal, cada uno de los cuales parece haber optado por ofrecer una respuesta distinta ante la situación. Así, el PP considera que las cosas deben seguir como está escrito en la Constitución. El PSOE se ha abierto a un federalismo de límites imprecisos. Y la Izquierda Unida del inefable Cayo Lara apoya sin recelos el derecho a decidir de los catalanes. Un peligroso barullo. Y, para salir de él, creo que habremos de dejar algunos pelos en la gatera. Porque lo que parece que se está construyendo es un absurdo y estúpido «derecho a decidir» el caos.
Se quejan algunos de que los «avances secesionistas» no están encontrando una respuesta contundente por parte del Gobierno español. El eurodiputado popular Aleix Vidal-Quadras, expresidente del PP de Cataluña, es muy crítico con la actual dirección de su partido por considerar que está haciendo concesiones económicas a un Gobierno catalán manirroto. «Es como darle al ludópata más dinero para jugar», ha dicho. Sin embargo, creo que aún somos mayoría en España los que, pidiendo una respuesta inequívoca del Gobierno central, no queremos que esta sea un desafío provocador de corte excluyente. No obstante, como el silencio no siempre lo expresa todo, es necesario que el PP y el PSOE hablen claro y no alimenten más la confusión y la incertidumbre.
Los lodos de hoy vienen de la reforma del Estatuto que aprobó el Parlamento catalán con un absurdo compromiso previo del entonces presidente Zapatero (que se fio de Maragall). Nada podía ir bien a partir de aquello, y no ha ido. Por eso es tan necesario recuperar políticamente el sentido común y aceptar que, tras tensar la cuerda a tope, habrá que buscar una salida de entendimiento que no signifique una derrota total para nadie. ¿Conlleva esto una reforma de la Constitución? Quizá. Pero no es posible saberlo sin que antes se agote el absurdo proceso en el que Artur Mas oficia de maestro de ceremonias del caos. Una fase que tiene los años contados. Tres a lo más, creo.