Universidades

Mariluz Ferreiro A MI BOLA

OPINIÓN

La Universidad de Berkeley tiene su propio elemento de la tabla periódica, el Berkelio. Cuando sus estudiantes quieren picar a sus vecinos de Stanford les dicen: «¿Qué, todavía no habéis encontrado el standfordiano?». Según el último ránking de Shanghái, están entre las tres mejores universidades del mundo. En verano, en Stanford reinan la chancla, el pantalón corto, la gorra y la camiseta. En Berkeley, la sudadera, el pantalón largo y el deportivo. La primera se dora al sol de Palo Alto. La segunda se despeina con el viento de la bahía, ese cruce de caminos adonde dicen que llegan a saludarse el frío de Alaska y el calor de Arizona. El campus de Stanford luce como si acabaran de barrer el confeti de la inauguración y todavía pudiera escucharse el eco de la banda alejándose calle abajo, tiene ese encanto extraño de lo que parece perfecto. El de Berkeley no puede disimular que vive en una eterna construcción y deconstrucción y un aire retro no buscado que recuerda a los setenta. Stanford es privada, su nombre completo es Leland Stanford Junior en homenaje al hijo fallecido de un millonario del oeste al que ningunearon en Harvard. En las entrañas de uno de sus edificios guarda el primer servidor de Google y si fuera un país hubiera estado en el top ten del medallero en los Juegos de Pekín. Berkeley es pública, ha colonizado la tabla periódica, crio a los padres de la bomba atómica, fue un referente en el movimiento por la libertad de expresión y tiene plazas reservadas para los profesores con premio Nobel. En los dos lugares aseguran que ni las notas ni la cuenta corriente lo son todo. Porque ese todo es algo mucho más complejo. A ver si algún día hay posibilidad de pillar a Wert copiando algo...