Las imágenes de los incendios de estos días estropean la esperanza de reconciliarnos con lo que somos. Un rápido vistazo a la hemeroteca de nuestra febril relación con el fuego fabrica la sensación de que estamos fracasando de forma estrepitosa en la pretensión de recortar de nuestro comportamiento aquellas cositas que retratan nuestra cara más chunga. Cualquiera que haya visto de cerca un incendio, cualquiera que haya aspirado la bafarada penetrante de un monte que arde habrá percibido ese respingo incómodo que brota al percibir que somos un desastre. Aunque puede que el brinco no sea una reacción general y que muchos desprecien este terrible vicio nacional con el desdén que solo pueden permitirse los tarugos. De hecho, en Galicia existe el determinismo incendiario, en virtud del cual asumimos que el monte arde todos los veranos, una relación sustentada en temporadas y temporadas acompañadas por el rugido inquietante de los hidroaviones, que a veces, cuando embocan en fila hacia un fuego, resuenan con el mismo traqueteo amenazante que los helicópteros de Apocalypse Now. La Xunta podía ponerle banda sonora al espectáculo y cobrar entrada. La cabalgata de las valkirias estaría bien. A estas alturas, el relato de las explicaciones nos consuela tirando a poco. Ya sabemos que hay motivos históricos, de cambio de modelo productivo, psicológicos, sociales y si quieren hasta califragilísticos. Qué más da. Todos ellos juntos, combinados o intercalados, incluido el lamentable zarandeo político de todos los años, no podrán ocultar la incómoda realidad de que este asunto es un gran fracaso colectivo que también nos retrata como país y que amenaza con convertirse en una lamentable seña de identidad nacional.