Autopista for ever

Eduardo Riestra
Eduardo Riestra TIERRA DE NADIE

OPINIÓN

Estos días de sol y fiestas y barullo ha vuelto a aparecer en mi vida la autopista del Atlántico, que siempre ha estado ahí, pero con la discreción de una madre. Cuando a finales de los setenta se empezaron a inaugurar los tramos a trancas y barrancas, los políticos nacionalistas, encabezados por Beiras, comenzaron a bramar contra la «navallada» que se le daba a la tierra. Parecía que querían una patria anclada en el siglo XIX. Y yo, siguiéndolos, me eché también a la calle para rechazar la obra. Lo cierto es que no nos fiábamos de nuestros políticos. Luego se comprobó que la autopista vertebraba la Galicia occidental, engarzando, como las cuentas de un collar, a las ciudades atlánticas, y la movilidad trajo el progreso.

Lo que no sospechábamos entonces es que también se iba a transformar en una cadena perpetua, pero de las de verdad, sin doctrina Parot. El peaje que pagaron nuestros padres se ha convertido en un abuso que pagamos ahora nosotros y nuestros hijos, y pagarán también nuestros nietos, que hasta el 2049 hay mucho tiempo. Entre tanto, los ingenieros de mantenimiento que antes conservaban con mimo los robles que les nacían en las medianas se dedican ahora al vandalismo de baldear las cunetas con herbicida. Y, como dirían Faemino y Cansado, que se jodan las margaritas.

Y lo peor de todo es que los sucesivos Gobiernos no nos dan más alternativa que ir a cincuenta por la carretera. ¡Quién nos mandaría escupir por barlovento!