Solo era un viejo estanco. Nada pintoresco. Desde la calle empedrada, nadie imaginaba las experiencias que podía proporcionar aquel establecimiento que parecía haber renunciado a tiempos mejores, que esperaba como dormido detrás de aquella puerta desgastada. Muchos peatones pasaban por delante del cristal sin saber que la pequeña tienda funcionaba como una suerte de máquina del tiempo. No tanto por el aspecto como por las sensaciones. Al subir el escalón de la entrada era fácil imaginarse las miradas que sintió el capitán de la selección de Uruguay cuando protestó el gol que marcó Brasil en Maracaná, cuando nadie sospechaba que se iba a bautizar el término maracanazo. Detrás del mostrador esperaban un parco saludo y un rostro que, solo con su rictus, espetaba un directo «¿qué haces aquí?». Y pedir allí un sobre acolchado era un poquito meterse en la piel de Rosa Parks, aquella mujer negra que se negó a cederle el asiento de autobús a un blanco. Suponía todo un desafío. Porque el hombre en cuestión se veía obligado al hercúleo esfuerzo de subirse a un taburete, estirar el brazo y buscar en el estante más alto. Un sobre acolchado. A quién se le ocurre. ¿Para qué? ¿Para explotar las burbujas de aire? Salir del estanco era como regresar de la misión del Apolo XIII, sabiendo que no hay que tentar la suerte más de lo necesario. Todo porque el señor no era profesional, esa palabra que tantas veces se aplica para los actores, los periodistas, los abogados, las modelos o los futbolistas. Y que tanto se agradece en la gasolinera, en el mercado, en la cafetería... En esa persona que une eficiencia y una sonrisa, y que no invita a imaginar invasiones ni huidas.