Las inocencias de Berlusconi

Carlos G. Reigosa
Carlos G. Reigosa QUERIDO MUNDO

OPINIÓN

07 ago 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Quizá Silvio Berlusconi se parezca tanto como se dice a un sátiro lascivo, a un empresario pérfido o a un político embaucador, pero se equivocan quienes lo reducen solo a eso. Se engañan también los que creen que quienes lo votan son ciudadanos de segunda o necios carentes de valores y criterios. Por este camino nunca se entenderán cabalmente sus éxitos electorales ni se comprenderá la fidelidad de sus votantes. Habría que resignarse entonces a creer, como aseveró Borges, que la democracia «es una superstición muy difundida, un abuso de la estadística». Solo así se podrían explicar los éxitos políticos de Berlusconi dentro de una lógica democrática.

La realidad es que quienes más gritan y más ferozmente se pronuncian contra él son en general quienes menos conocen su vida y milagros. Por eso conviene recordar que no estamos ante un indocumentado que obra sin conocimientos. Por el contrario, es más culpable porque esos conocimientos los tiene acreditados. Nacido en 1936, en el seno de una familia milanesa de clase media, cursó la enseñanza secundaria en un colegio salesiano, estudió Derecho en la Universidad de Milán y se graduó cum laude en 1961 con una tesis sobre los aspectos jurídicos de la publicidad. Tenía entonces veinticinco años. Lo que vino a partir de ahí fue una brillante carrera empresarial, no exenta de reprobaciones y condenas, con muchos medios de comunicación en su poder, y una trayectoria política tal vez solo explicable en Italia. Pero explicable.

¿Adónde ha llegado don Silvio? A todo, menos a inocente, como acredita su reciente condena. Su propia formación y sus prácticas empresariales descartan cualquier atisbo de ingenuidad. Pero Berlusconi no es un tipo cualquiera. Al contrario, es un hombre preparado que levantó un imperio mediático para defender políticamente sus múltiples inocencias, incluida la de creerse inocente. Dijo Bernard Shaw que «la democracia es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos». Los italianos deberían considerar esta paradoja. Porque Berlusconi no dejará de ser Berlusconi, pero puede dejar de ser un político italiano. Y esto es lo que debe suceder, por el bien de Italia y de su imagen.