Uno se va de vacaciones con el entusiasmo infantil de siempre, anhelando la sensación tonificante del baño temprano en la playa desierta, la tibieza del sol sobre la piel, el aperitivo interminable con los amigos, la comida al aire libre y el abandono posterior a la molicie de la siesta. Pero este año, ese descanso agosteño operará también, o al menos eso es lo que desea el veraneante, como un bálsamo desinfectante que cure las heridas provocadas por el contacto permanente con la ponzoña. El trabajador ahora ocioso se propone, quizá de forma utópica, olvidarse de sus propios, recurrentes y variados agobios personales. Pero también, y acaso en mayor medida, preterir por un tiempo la inmunda eclosión diaria de todo un catálogo de corrupciones, indignidades políticas, bajezas, deslealtades y latrocinios varios.
Si ya deprime comprobar que la economía española es una máquina incapaz de arrancar por el óxido que invade sus engranajes, lo es mucho más constatar que el grado de degeneración alcanzado por la casta política que nos gobierna y legisla supera nuestras peores expectativas. Partimos así hacia el descanso con la imagen de un presidente del Gobierno huidizo y ventajista, que pretende limitarse a cantarnos cada jornada las alegrías de unos datos económicos supuestamente alentadores -como si en España no ocurriera nada más-, mientras elude tozudamente la responsabilidad de aclarar por qué se cruzaba mensajes y abrazos con alguien al que se le habían descubierto ya cuentas millonarias en Suiza. Un jefe del Ejecutivo que se obstina en el absurdo de procurar que sus graves problemas dejen de existir por el hecho peregrino de no nombrarlos.
Pero el veraneante se marcha también con el recuerdo de un jefe de la oposición sin más argumento político que aquel que le suministra diariamente un excontable preso. Un líder asido, como un náufrago a un tablón, a ese inventario de perversiones políticas del rival, queriendo ganarse así el derecho a una candidatura que le niega ya hasta el último de los militantes. Alguien que pretende, además, dar lecciones de moralidad mientras mantiene como presidente de su partido a quien ha dimitido por su responsabilidad, por ahora política, en el expolio del dinero destinado a los parados andaluces. Quizá maleado ya por ese maltrato continuo, uno ve incluso a los partidos pequeños queriendo medrar cabalgando a lomos de la corrupción ajena, en lugar de hacerlo sobre sus propias propuestas políticas.
Dirá el optimista, y no le faltará razón, que si solo hablamos ya de corrupción y nada de la crisis es porque la economía mejora. Pero desalienta pensar que después de unas vacaciones tan merecidas como breves tengamos que enfrentarnos de nuevo a tanta inmundicia y tan poca dignidad política. Les recomiendo por ello que disfruten de cada segundo de su descanso. La tarea que les aguarda será dura.