Entre los 7 y los 9 años los niños empiezan a descubrir que su papá no es Superman, que no tiene más fuerza que los osos polares, que no puede comprar todo lo que quiera y que no sabe más física que Einstein. Y es entonces cuando, para probar que es así, se enganchan a ese juego pesadísimo del ni sí ni no, ni blanco ni negro, en el que un sufrido padre, cansado de trabajar, debe mantener conversaciones en las que no asomen siquiera las palabras más corrientes y usadas del vocabulario.
Yo sufrí mucho con este juego, porque no soy capaz de decir más de tres frases sin poner las cosas negro sobre blanco. A lo más que llegué fue a decir que la camiseta del Celta es azul celeste con una banda muy clara. Pero los niños ya sabían que en cuanto me preguntaban por Pelé, que en el juego era un jugador de color, yo decía que era negro. Y, tras las burlas consiguientes, ¡vuelta a empezar! Hasta que un día vino Mariano Rajoy a cenar a casa, y mi hijo Pablo -que estaba en la edad insufrible, y que venía reforzado con su hermana pequeña, que aun ceceando ya hacía sus pinitos-, lo abordó con aires de aquí te pillo. «A ver, don Mariano, ni sí ni no, ni blanco ni negro». Y empezaron.
Yo me puse a leer la prensa del día, a contestar unas cartas, a poner manteles y platos en la mesa, y hasta bajé la basura. Y la madre de los niños se puso a preparar las ensaladas y a freír los huevos y las patatas, esperando el fin del juego. Pero había pasado hora y media y Rajoy no había dicho aún ni sí ni no, ni blanco ni negro. Y aún estaríamos allí, en un piso alquilado de la calle de La Rosa, si María no hubiese dado la orden de «¡a cenar y a la cama, que mañana hay que trabajar, gobernar e ir a la escuela!». En aquellos días Galicia dependía mucho de las órdenes de María.
Por eso yo sé que si Mariano quiere terminará la legislatura sin decir ni sí, ni no, ni Bárcenas ni financiación ilegal -¡cómo cambiaron los tiempos!-, y que si Pablo y Sara no lo pillaron en aquel juego infantil cuyos trucos dominaban a la perfección, tampoco lo van a pillar Rubalcaba, Cayo Lara o Rosa Díez.
Lo malo es que lo de ahora no es un juego. Y carece de sentido que, ante una situación tan grave como la que viven el PP y España entera, nos pongamos a jugar a ni sí ni no, ni Bárcenas ni financiación ilegal.
Para mí, estamos viviendo una situación política de pesadilla, y hasta yo mismo empiezo a sentir desafección por la política. Pero no me atrevo a sacar de ello ninguna conclusión. Porque yo, que siempre dije sí o no como Cristo nos enseña, ya descarrilé en mi curva personal de A Grandeira hizo el martes 25 años, mientras Rajoy llegaba a presidente del Gobierno sin decir ni blanco ni negro ni pasar jamás de los 80 km/hora. Porque él siempre gana al juego del ni sí ni no, ni blanco ni negro. Como los niños.