De siempre se argumentaba que el proceso de integración europea debía contemplarse como la edificación de una casa: esto es, por fases. En la que cada etapa dejaba sin cubrir algún aspecto esencial del proyecto, que era considerado como el complemento imprescindible para la continuidad. De esta forma, se reclamaba su necesidad de incorporación en la siguiente etapa.
Este proceso de integración iba parejo a la transferencia o delegación de funciones especificas desde los Estados miembros hacia las instancias supranacionales. No cabe duda de que esta dinámica iba a producir tanto efectos positivos como negativos. Está claro que a mayor heterogeneidad de preferencias políticas y de objetivos entre los países, habría mayores costes; y donde la heterogeneidad fuera reducida, los costes de la delegación serían más bajos, debido a las economías de escala.
Al mismo tiempo, a lo largo del proceso de integración, emerge el denominado «déficit democrático», en referencia a las funciones concedidas a las instancias supranacionales y a la incompatibilidad de objetivos entre los fines de las políticas delegadas y los de las no delegadas, que generan, habitualmente, conflictos y problemas de legitimidad.
Los fundadores de Europa creían, sobre la base de este esquema, que las contradicciones e insuficiencias generarían reacciones en cadena, que acabarían impulsando una mayor integración, haciéndola irreversible. Y lo creían en tanto que asumían que su supresión era poco probable debido a la progresiva elevación de los costes de la desaparición.
Por tanto, ¿qué está pasando en la actualidad? ¿Hemos llegado al límite de la integración? Estas preguntas están en la mesa de muchos gobernantes y de la gran mayoría de los analistas. Autores como A. Espina o T. Paddoa-Schioppa, enfatizan sobre la existencia de un «cuarteto de inconsistencias». Lo definen como un trilema de incompatibilidades entre las políticas monetarias independientes, el tipo de cambio fijo y la plena apertura financiera internacional, a lo que deberíamos añadir la plena libertad comercial. Se supone que la reacción en cadena estimula las contradicciones, a la vez que exige un paso más en los niveles de integración,
Sin embargo, los pasos hacia la plena integración institucional son lentos y la integración es cada vez más estrecha. ¿Por qué? En primer lugar, porque la delegación supranacional no funciona bien en los casos de heterogeneidad de intereses, como por ejemplo, con la política fiscal. En segundo lugar, porque los costes de la heterogeneidad crecen de manera exponencial y, con ello, se aumenta la resistencia a la delegación supranacional, lo que hace aflorar la supremacía de los intereses nacionales y la vuelta al intergubernamentalismo.
La actual crisis económica (y del euro) ha puesto de manifiesto la asimetría y la heterogeneidad europea. Algunos países (por ejemplo, los del norte) se benefician al máximo y observan, con temor, las decisiones delegadas en las instancias supranacionales (Comisión Europea y Banco Central Europeo). Los países del sur, claramente perjudicados por la actual dinámica, exigen el pleno funcionamiento de las delegaciones del poder. O sea, visualizamos tanto un amplio abanico de asimetrías como una necesidad de regresar a la posibilidad de dar un nuevo salto en la etapificación de la integración europea: el camino hacia la unión política.
Varias razones avalan dicho análisis prospectivo. Unos no pueden salirse de Europa; otros requieren del consenso para avanzar. Por eso, siguiendo los análisis de Acemoglou, resulta fácil entrever que la próxima dinámica del cambio institucional está aparejada a una variación sustancial en lo que respecta a la distribución del poder político y de las estructuras económicas. Es decir, se van a seguir los equilibrios de voto de Markow, que requieren la existencia de un subconjunto de jugadores que esperan obtener un mayor beneficio de él y que dispongan de poder para realizarlo. En este sentido, solo queda estar atento a ver cómo se producirá el salto, aunque antes se tenderán a producir desviaciones y desacuerdos respecto al comportamiento racional que todos esperaríamos.