Aunque en ese caso no habría podido parafrasear como Dios manda la célebre sentencia con la que Marx y Engels abren el Manifiesto comunista, en realidad debería haber escrito otro fantasma en el encabezamiento de este artículo.
Y es que, desgraciadamente, nuestro país está recorrido de norte a sur y de este a oeste no solo por fantasmas conocidos (el paro, la colonización partidista de las instituciones, la corrupción, el fraude fiscal, el cainismo, la obsesión con el pasado, el sectarismo y los nacionalismos étnicos más o menos disfrazados), sino por otro que va tomando cuerpo con la presencia de un gigante: el del fariseísmo. Un fantasma, este, que domina ya la vida política española.
Fariseo es, en el uso coloquial, el que crítica lo mismo que practica. Fariseos son, por tanto, los que exigen la comparecencia del presidente del Gobierno en el Congreso mientras rechazan la del presidente andaluz en el Parlamento de Sevilla y los que exigen la presencia del presidente andaluz en el Parlamento de Sevilla mientras rechazan la del presidente del Gobierno en el Congreso.
Fariseos son los que reclaman dimisiones fulminantes cuando son imputados sus adversarios ideológicos y echan mano de la presunción de inocencia cuando los imputados son los suyos. Fariseos son los que critican al competidor por financiarse de forma irregular al mismo tiempo que ponen el cazo para recoger fondos de la misma oscura procedencia. Fariseos son los que ponen a caldo a los magistrados del Tribunal Constitucional o a los miembros del Consejo del Poder Judicial por seguir las instrucciones de los partidos que los nombran mientras presionan a sus patrocinados para que actúen siguiendo sus mandatos.
Fariseo es el partido que denuncia causas generales contra él cuando un juez persigue presuntos delitos que le afectan al tiempo que reclama que los jueces actúen con toda dureza contra sus competidores. Y fariseos son los políticos de todos los colores que denuncian como un escándalo que los demás hagan lo que ellos: utilizar las instituciones como oficinas de colocación de amigos políticos, familiares y personas a quienes deben pagar algún favor.
El fariseísmo ha llegado a adquirir tales proporciones en la vida política española que es ya muy difícil encontrar a un hombre público o a un partido que no pueda ser acusado de lo mismo que critica acerbamente. Lo que tiene dos efectos, igualmente desmoralizadores sobre la sociedad: que genera, como es lógico, una desconfianza imparable en los sujetos individuales y colectivos que protagonizan la vida democrática y que anima objetivamente a los ciudadanos a comportarse en su vida privada con la misma cínica moral de situación de quienes ven la paja (o la viga) en el ojo ajeno pero no ven la viga (o la paja) en el propio.