La resaca democrática en Europa


Cuando Huntington escribió «La Tercera ola: la democratización a finales del siglo XX», se olvidó de decirnos que toda ola tiene su resaca -«movimiento en retroceso de las olas después que han llegado a la orilla»-, y que en ese momento es peligroso bañarse en la línea del agua. Europa está, ¡quién nos lo iba a decir!, en plena resaca de la democracia. Y, frente a la fortaleza del discurso de las libertades, la legitimidad, la participación y los procedimientos rigurosos, del que hicimos gala cuando subía la ola, caminamos ahora por arenas movedizas, incapaces de denunciar la desgracia y la agresión a las libertades que siempre van implícitas en un golpe militar, y aceptando que si el fin es bueno la legitimidad es innecesaria, y que, según los casos y circunstancias, un diputado subido a la tribuna es lo mismo que un sargento asomado a la torreta del tanque.

La Europa política está desorientada y en manos de caraduras. Y por eso no se debe decir que comete muchos errores, sino que vive y actúa en tal desorientación y relativismo moral que es imposible que demos una a derechas. Primero se levantan contra Obama y su espionaje, haciendo gala de un fariseísmo asqueroso, y luego se humillan a sus designios para avasallar al quechua bajito que no quiere obedecer. Primero predican orden y garantías jurídicas para todos, y luego responden en sus tribunales y cancillerías a los dictados del gran patrón de Guantánamo. Primero nos entusiasmamos con las masas cansadas de aguantar a Mubarak -que, parafraseando a Nixon, era «nuestro hijo de puta»-, y seis meses después nos entusiasmamos con otras masas que piden una libertad vigilada por el cartel militar más corrupto del mundo. Primero bautizamos la primavera árabe como un movimiento democratizador y ahora culminamos la obra con un golpe de Estado que convierte en dictador -¡vaya sarcasmo!- al presidente del Tribunal Constitucional.

No quiero decir que la subida de Mursi al poder fuese gloria bendita. Se trata de recordar que aquella farsa de revolución tuvo nuestro apoyo; que esta farsa de revolución también tiene nuestro apoyo; y que cualquier farsa que invoque la legitimidad revolucionaria con alguna posibilidad de éxito tendrá también nuestro ardoroso apoyo.

Si seguimos así nos convertiremos en una ciénaga política y militar al estilo americano, cuya única ley internacional es el embudo y cuya única legitimidad se llama beneficio. La democracia que exporta la Europa de hoy es como un paño de cocina, que solo sirve para limpiar manos sucias. Y, si no ganamos algo de sensibilidad moral respecto a la democracia, muy pronto habremos perdido el sentido más elemental del derecho, la dignidad y la libertad. ¡Pobre Kant, si levantara la cabeza! No tardaría ni un segundo en volver a la tumba, o en ser encerrado en cualquier manicomio.

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