Tiene capacidad para hundirse. Pero no está demostrado que pueda salir a flote. Puede tocar fondo e instalarse allí. El gigante en cuestión podría ser un país y llamarse España. Pero es un submarino bautizado como Isaac Peral. Al parecer, un error de diseño provoca que el sumergible tenga vocación de criatura abisal. Pesa 75 toneladas más de las que debía. Y cuesta 530 millones de euros. Ha resultado una burbuja como otra cualquiera. Aunque esta no se eleva. Un imprevisto ha retrasado el programa que desarrolla el nuevo sumergible del Ejército. Recuerda aquello de que lo fácil es caer, dejarse llevar y sumergirse. Y lo difícil es volver a la superficie en la que a veces hasta brilla el sol. Pero algunos lo olvidan. Será que olvidan sombras de otros tiempos. Aquellos años no tan lejanos en los que los hijos de los que no tenían recursos difícilmente alcanzaban las aulas universitarias. En un país en el que ni los miembros del Gobierno ni los líderes de la oposición alcanzan un cuatro en las encuestas, al ministro de Educación se le ocurrió exigir un seis y medio para las becas universitarias. Argumentó que alguien con menor nota debería replantearse su futuro (excepto si usted puede pagarse una universidad privada). Siguiendo este razonamiento, ¿qué deberían hacer los políticos que ni sueñan con el aprobado? ¿Un harakiri colectivo? Ahora Wert dice que reconsiderará la idea. Pero, en esa filosofía del «no hay mal que por bien no venga», si persiste siempre podrá decir que, en el fondo, con menos universitarios se ahorrará en educación. Que, en el fondo, con menos licenciados, se reducirá la fuga de cerebros. Que, en el fondo, se aplicará la ley del esfuerzo. Pero el fondo sigue siendo el fondo.