Con los ministros ocurre como con los chistes: cuando hay que explicarlos, es malo el chiste o es difícil de entender el ministro. En el caso de José Ignacio Wert, la sorpresa es mayor, porque es un hombre al que se entendía muy bien en las tertulias, pero se pierde en el discurso gubernamental. Ayer, por ejemplo: no puede decir que este Gobierno es el que destinó más dinero a becas, sin tener a mano el dato que lo demuestre, y ayer, cuando hizo tal afirmación, no lo tenía. Y tampoco puede decir que un alumno que no alcance el 6,5 de media quizá «no esté bien encaminado o debiera estar estudiando otra cosa». Lo que Wert probablemente quiso afirmar es que se ha equivocado de carrera; pero lo que todo el mundo entendió es que no debe estar en la Universidad. Lo tendrá que volver a explicar, como los chistes que no se entienden a la primera.
Se está metiendo en demasiados jardines, señor Wert. Parece mentira que un sociólogo no capte la sensibilidad social que provocan determinados temas. Y parece mentira que un hombre que procede de la comunicación tropiece tanto en problemas de comunicación. Por esos defectos ha conseguido que su ley de educación pase a la historia solo como la ley que mete la religión en la enseñanza. Y, en cuanto a la política de becas, está logrando que triunfe la idea de que solo podrán estudiar los ricos. Hasta el conselleiro de Educación de la Xunta, Jesús Vázquez, que es de su mismo partido, se rebeló y afirmó que «nadie debe ver truncada su vida por motivos económicos».
Comprendo que el tema de las becas es endemoniado. Por una parte, no se deben otorgar sin exigir un rendimiento mínimo. Hace casi medio siglo nos exigían mucho más que Wert: una media de notable, y nos parecía razonable. Hoy se impone otra tesis: los ricos pueden seguir estudiando aunque tengan un aprobado mínimo, mientras que a los más necesitados se les exige un 6,5. Frente a ese indicio de discriminación social, no caben ni teorías de cultura del esfuerzo ni disquisiciones de las que gustan al ministro sobre «pagar los estudios» o «pagar por estudiar».
Esas son discusiones académicas y bizantinas, pero lo que entiende la gente es que a los pobres se les exige más que a los ricos. En ese terreno dialéctico gana quien dice la cosa más sencilla, que suele ser la más realista. Y la cosa más sencilla es que la auténtica igualdad de oportunidades se produce cuando se exige la misma calificación al hijo del banquero que al hijo del botones de la sucursal. El resto es clasismo y privilegio de gentes con dinero. Y encima, creíble, porque procede del Partido Popular. A Zapatero, si hiciera eso, le llamarían torpe. A un ministro de Rajoy se le llama clasista y discriminador.