Lo trivial se está imponiendo en la sociedad española. El pensamiento débil construye y difunde análisis simplistas, reduccionistas, obvios, sobre casi todo. Deteniéndose especialmente en el discurso político y de los políticos, que elevan de manera sistemática la anécdota a categoría.
En un concurso televisivo basado en el binomio pregunta respuesta, los participantes, muchachos entre los veinte y veinticinco años, desconocían, pese a haber superado un bachillerato made in la Logse, la ubicación correcta de ciudades españolas y los nombres de los principales ríos europeos.
La memoria de personajes y sucesos acaecidos durante el reciente período histórico que nace con el posfranquismo, la transición, es inexistente en multitud de rapaces que ya han dejado atrás la adolescencia. Y la opinión acerca de los partidos políticos y de sus protagonistas, de los sindicatos y su papel en el discurrir de una sociedad organizada democráticamente, no pasa de los más elementales eslóganes, más cercanos al vituperio y al insulto que a una opinión mínimamente informada.
Lo banal empaña perversamente la estructura social contemporánea. Desmoviliza y aliena, anestesia los movimientos sociales, nos deja sin respuestas a los restos de la náufraga sociedad civil y enmudece a los protagonistas culturales, a la intelligentsia patria, vulgarizando a los líderes de opinión mediatizados por los todólogos, por los tertulianos propagadores de obviedades y sometidos a los dictados del poder, de los poderes.
Lo banal es visitar la feria del libro de Madrid y encontrarse con que las referencias más jaleadas por los cientos de miles de visitantes que acuden los fines de semana al Retiro madrileño son celebrities más o menos populares, aupadas a la actualidad por programas de televisión, madres de toreros, locutores/as de cadenas televisivas, cocineros de moda e incluso semianalfabetos que asignan libros (pocos) de sospechosa autoría y se dejan fotografiar por quienes asisten a la feria de las vanidades.
Lo banal es creer que un ensayo es un reportaje, y que un libro es un conjunto de páginas con una portada. Lo banal es confundir la literatura con un puñado de estupideces encuadernadas, o el testimonio de una participación en un reality show.
Mientras esto ocurre, el jugador de fútbol mejor pagado del mundo y que habla en español declara que nunca ha leído un libro porque no podía pasar de la primera página, y los estudiantes españoles, con el mayor índice europeo de abandono escolar, incrementan las tasas negativas de comprensión lectora de manera alarmante.
Lo banal es convertir en rutina cotidiana el mapa creciente de la corrupción, no rebelarse colectivamente ante la normalidad consentida del machismo asesino y banalizar, como si nada, la vida que como siempre gira alrededor nuestro entre la desesperanza y lo trivial. Así nos va.