Para los que se jactan de intentar enterrar el periodismo a golpe de palada en las redes sociales, nunca viene mal abrir el joyero y contemplar en todo su esplendor The New Yorker. La publicación de ahora o la de antaño. Sus viñetas valen un imperio. Con el paso de los años no pierden su acidez. Son como un limón inmune al tiempo. El libro El dinero en The New Yorker recopila casi un siglo de dibujos en los que sazona con humor la economía. Muchos podrían publicarse hoy mismo en cualquier periódico. Como aquel de los años treinta en el que un recluso cuelga un cartel en la cárcel: «Partido de béisbol, presos de confianza contra Wall Street». O ya en los treinta, con un supuesto directivo diciéndole a su presunta secretaria: «Señorita, aquí decimos recesión, no depresión». Sin cambiar de década, una elegante joven le habla a otra sobre un soltero de oro: «Es inversor, o especulador, o malversador. En cualquier caso, es rico». En los cincuenta, un revisor de metro señala un periódico abandonado en el asiento de un vagón: «Mira, un Wall Street Journal manchado de lágrimas». En los setenta asoman frases como «El ordenador es solo una herramienta, siempre habrá sitio para la avaricia desbocada» o «No me den las gracias habría aceptado un soborno de cualquiera». El viaje ilustrado funciona como una espiral en el tiempo. Es pasado, pero parece presente y pinta el futuro. Una viñeta de hace unos sesenta años muestra la bolsa presidida por una extraña expresión: «Mene mene teke». Un asterisco explica discretamente que el libro de Daniel cuenta que estas fueron las palabras que aparecieron escritas en la pared del rey Baltasar. Anunciaban a los babilonios su próxima destrucción.