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Anteayer, en la tradicional audiencia de los miércoles, que normalmente se celebraba en el aula Pablo VI pero que últimamente debe hacerse en la plaza de San Pedro ante la masiva afluencia de fieles, el papa Francisco hizo de las suyas. Llovía sobre Roma, y sus colaboradores le recomendaron no dar la vuelta a la plaza o, cuando menos, hacerlo al abrigo de un amplio paraguas. Ni lo uno ni lo otro: lo hizo a pecho descubierto, para poder acercarse a todos y a todos saludar. Y cuando llegó al lugar desde el que iba a hablar, se secó la cara y el pelo con su pañuelo, como haríamos cualquiera de nosotros. Y dio las gracias a la multitud: «Sois unos valientes por estar aquí hoy, gracias».

Otro gesto más de un papa que no busca el titular periodístico, sino mandar un mensaje claro y directo a sacerdotes y obispos: hay que ser sencillos, estar cercanos a los fieles, sentir con ellos? Lamentablemente algunos se aferran a actitudes y prácticas poco evangélicas a las que el papa está decidido a dar carpetazo de una vez por todas: el clericalismo, el afán enfermizo por la delación (los otros son siempre los heterodoxos), el afán de poder. Francisco es un soplo de aire fresco.

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