Cazadoras


La fontanería es un noble oficio. Sobre todo cuando se trata de instalar y reparar grifos y tuberías. Porque la otra fontanería conlleva el trabajo sucio, que crece en la sombra, y que no se alimenta del reconocimiento. Normalmente, el éxito se da por hecho, y es propiciar que un mecanismo funcione. Es el fracaso el que sale a la luz. Un documental de la HBO relata la historia de un puñado de fontaneras. Un grupo de mujeres entregadas a una misión desde los años noventa. Su entusiasmo y empeño desbordaba a sus colegas. Llovieron los estereotipos. Sus compañeros las criticaron por participar en una cruzada personal, por dejarse influir por sus sentimientos. Es cierto, seguramente su condición femenina las invitó a seguir los movimientos de una organización a la que le gustaría devolver al hombre a la Edad Media y a la mujer a la de Edad de Bronce. Cuando todavía resonaban los ecos de aquellos heroicos guerrilleros que pelearon contra los soviéticos en Afganistán, era molesto que aquellas analistas investigaran a Bin Laden. Aunque después, sí fueron culpadas por el ataque del 11-S, a pesar de todos los avisos de «ataque inminente» que lanzaron. La película La caza de Bin Laden cuenta su historia con sus testimonios. No obvia el callejón sin salida moral de la tortura y de los bombardeos. Pero, sobre todo, ofrece la cara oculta de un hecho histórico. El asalto a la casa de Bin Laden, con su aplastante liturgia militar, no es precisamente justicia poética. Pero sí lo fue que una tal Cindy Storer, una señora regordeta, de lágrima y sonrisa fácil, fuera la primera en llamar a Al Qaida por su nombre en un informe. Y que del hilo de Bin Laden tiraran unas fontaneras a las que él nunca les hubiera concedido ningún crédito, ningún derecho.

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