Mudan las costumbres como el viento de dirección. Quienes leen en los transportes públicos, como el tren o el metro, ya demandan que se habilite un vagón del silencio. Como antes los espacios sin tabaco. El motivo: las conversaciones en alto por los móviles. No hay recato. Sucede en el transporte público y pasa en las cafeterías, en la calle, en las consultas, en los ascensores, en cualquier sitio por el que vayas o pises. Hay especialistas en hablar con elevado tono y quienes lo rodean se enteran de la vida del altoparlante con todo lujo de detalles. A veces se comparten discusiones. Otras, cariños y mimos. ¿Quién no ha tenido que escuchar las conversaciones de la gente con el móvil? Los hay que hablan para todo el vagón o la sala de espera. Y luego se repiten mucho los clásicos. Por ejemplo, la comida o lo que se va a hacer de comida. Lo que se compró o lo que se va a comprar. Y también está esa fascinante charla que se puede resumir así: «Estamos en... Faltan diez minutos para que llegue. Estamos en.... Faltan cinco minutos para que llegue. Estamos en.... Ya solo quedan tres minutos para que esté ahí». Las costumbres cambian y ahora hay mucha gente sin pudor que es capaz de retransmitirte su vida sin cortarse.