Triunfo del pesimismo

Carlos G. Reigosa
Carlos G. Reigosa QUERIDO MUNDO

OPINIÓN

06 may 2013 . Actualizado a las 06:00 h.

Proclamarse optimista hoy en España parece un delito, y los que creemos ver algunos signos esperanzadores hemos de cuidarnos mucho a la hora de manifestarlos. Así es nuestra realidad actual y hay que asumirla. El pesimismo, como dijo Gramsci, es un asunto de la inteligencia, y el que no lo practique en estos tiempos, que no espere ser bien visto. Manda la desesperanza y su juicio parece estar siempre cargado de talento. El optimismo, en cambio, figura como una actitud simplemente torpe y voluntarista.

Esto es así y, sin embargo, a algunos nos cuesta sumarnos a esos grupos que han hecho del pesimismo una bandera indiscutible e irreductible, paradójicamente jovial y solidaria, de la que esperan una rentabilidad política a corto o medio plazo. Me refiero a quienes rechazan toda noticia esperanzadora -por pequeña que sea- como si fuese un sucio ardid del adversario, cuando no enemigo. Podría decirse que Nissan España crece, o que Bankia funciona, o que tenemos la mejor cocina del mundo, o que Barreras tiene futuro y no desaparecerá, o que? ¡No! Lo importante es apuntalar el pesimismo. Ya lo dijo Saramago: «Los pesimistas son los únicos que quieren cambiar el mundo, porque los optimistas están encantados con lo que hay». Por eso, ¡optimistas fuera, ya!

Pero ¿cambiar qué? «¡Todo!», dicen los asediadores. Y yo me pregunto: ¿qué harían hoy nuestros pesimistas con un estadista como Benjamín Franklin que, en pleno siglo XVIII, defendía el deber de «vivir siempre en un ambiente de optimismo»? Lo desollaríamos, supongo. Corren tiempos en los que casi todos prefieren dedicarse a anticipar tribulaciones. El pesimista coincide con el optimista en que todo tiene arreglo, pero se diferencia de él en que -como decía un chiste de Perich- está seguro de que nadie va a intentar hacer nada.

Así, lejos de ver una oportunidad en cada calamidad -como les pedía Churchill a los bombardeados británicos-, ven una calamidad en cada oportunidad. Y este no es el buen camino. Todo está difícil, cierto, pero invertir en pesimismo no nos ayudará. Lo digo y pido perdón, porque ya sé que ahora toca refocilarse en la desesperanza. Lástima.