La respuesta a la pregunta que encabeza esta columna es muy sencilla: a la inmensa mayoría de la gente no le gustan los partidos por la misma razón por la que a casi nadie le gustan los impuestos: porque estamos hartos de que nos hagan la puñeta.
Desde luego, las mismas personas que en la totalidad de los Estados democráticos (los que no lo son carecen de pluralismo político y de impuestos progresivos) están hartas de los partidos reconocen que sin ellos sería imposible organizar la democracia, igual que sin fiscalidad no se podrían prestar los servicios públicos esenciales (sanidad, protección social y educación) sin los que la vida de la gente corriente se convertiría en un infierno.
Ahora bien, del mismo modo que defender los impuestos no equivale a compartir la forma inadmisible, por injusta, en que la carga fiscal se reparte en muchos sitios (en España, desde luego, donde llega a ser sangrante) el reconocimiento de la imposibilidad de prescindir de los partidos en los sistemas democráticos es perfectamente compatible con el hecho de que los realmente existentes no nos gusten o incluso nos disgusten de un modo insoportable. ¿Por qué? Pues por las razones que alguien que ni es un fascista ni un anciano de esos que se radicalizan con los años y terminan creyendo que todo, salvo ellos, resulta abominable, acaba de señalar con una claridad y una sinceridad que no se oían desde hace mucho tiempo. Ha sido, así, Giorgio Napolitano, el reelegido presidente de la República italiana, quien, en el acto de su toma de posesión, se ha despachado a gusto contra unas organizaciones políticas egoístas, dominadas por los intereses personales de sus dirigentes, insensibles, acostumbradas a ir a lo suyo, irresponsables e insolidarias y solo obsesionadas con pillar poder para repartirlo entre sus élites.
Napolitano, un viejo militante antifascista en su primera juventud, criticó también con dureza a esos pretenciosos que presumen de haber inventado algo nuevo por el viejo método de meter todas las reivindicaciones -incluso las contradictorias entre sí- y todas las protestas en la coctelera de un demagógico y rancio populismo, para servirlas después bien calentitas en medio de la calle.
Alguien pensará que Napolitano habla de Italia... y es verdad. Pero lo que sirve para allí vale para aquí. Por fijarnos solo en lo que está más cerca y más reciente, basta ver la forma en que se está comportando el PSdeG a cuenta de sus ya célebres primarias para saber con quién nos jugamos los cuartos (y nunca mejor dicho): con gentes que primero violan flagrantemente sus propios estatutos, llegan luego a acuerdos con la dirección del PSOE para cumplirlos de forma fraudulenta y acaban al final pasándose esos acuerdos por el arco del triunfo. Pura política italiana.